El abuso de nuestra sanidad, la llevará a su total agotamiento.
Pero es tan difícil educar a la población sobre cómo debe hacer un buen uso…
En EEUU tu póliza de seguros, aquella que te haga la empresa para la que trabajas (mientras estés trabajando) cubrirá determinadas pruebas diagnósticas, tratamientos médicos, quirúrgicos… Según lo que pagues o paguen por ti, así recibirás, ni más, ni menos (o siempre algo menos, que las compañías no van a salir perdiendo). Si no les eres rentable, fuera. Les importa bastante poco que no tengas para pagarte tu tratamiento antihipertensivo, diabético, retroviral, oncológico, o cualquier cosa que se te ocurra. No hablemos ya de trasplantes y tratamientos posteriores para no rechazar el órgano en cuestión. Tener una enfermedad crónica puede ser sinónimo de ruina.
Aquí, en general, creo, y cada día lo creo más, que la gran mayoría no somos conscientes de la suerte que tenemos de gozar de un sistema de salud como el nuestro, con todas las pegas de accesibilidad y de listas de espera que le queramos poner, pero que no negará ningún tratamiento que haya demostrado eficacia a ningún paciente que lo necesite.
Y es que en el ambiente flota la creencia, por acostumbrados que estamos, de que lo merecemos todo, porque pagamos nuestros impuestos, y esto hace pensar a muchos que ya pueden usar y abusar de esta sanidad que es de las mejores a nivel mundial, sin ningún regomello, y sacando pecho en muchas ocasiones sobre sus derechos, porque \»yo soy el que pago\».
No hablaré de los sueldos del personal sanitario en relación al resto de países, ni de las horas de guardias, ni de las continuidades asistenciales que nos llevan a doblar turnos una o dos veces por semana, de la formación continua… porque en general, me considero muy afortunada..
Pero sí que tengo que decir que de una consulta de 16 personas, probablemente solo dos tenían indicación de ser vistos por un especialista. El resto, con molestias digestivas, barrigas hinchadas, “todo me sienta mal”… de años de evolución (de toda la vida de evolución), son probablemente el resultado de una sociedad que olvidó por completo en qué consiste una adecuada higiene nutricional, una vida activa, y que está hasta las cejas de estrés (ya sea familiar, profesional o intrínseco). Estos pacientes no necesitan de la solicitud de una multitud de pruebas para saciar su inquietud, necesitan de nuestro tiempo y explicaciones (eso creía yo). Y con paciencia, les explicas que los síntomas que tienen no son alarmantes, y que pueden tener que ver con… patatín patatán. Escuchan desatentos, porque ellos han hablado con su vecina, que les ha dicho que puede que tengan una intolerancia a algún alimento, y aunque te miren, su cerebro rebota contra las paredes internas de su cráneo persiguiendo su idea inicial. Acabas la explicación. \»Pero, ¿me va a pedir alguna prueba de intolerancia?” Y mi castillo de naipes, perfectamente confeccionado, se desmorona en cero coma.
Queremos pruebas.
Estamos asustados creyéndonos enfermos.
Y realmente, probablemente, con casi todas seguridad, todos seamos enfermos.
El otro día proponía yo una utopía. Tenemos guías clínicas que nos respaldan en cuanto a la petición de determinadas exploraciones, según las indicaciones. Si alguien no cumple criterios y aun así insiste, e incluso amenaza, si no se le solicita una determinada exploración, tal vez deberíamos plantearnos que en ese caso, esa persona en concreto, asumiera los costes de la intervención. “¡A la hoguera con ella!”, he creído escuchar una vez que esta idea infame salió de mi cabeza.
\»Doctora, tengo una colonoscopia para tal día\». ¿Quien se la ha solicitado? \»Yo mismo. Fui al médico y le dije que tenía que hacérmela porque tengo antecedentes en mi familia\». Su médico de familia, no sé si cansado de lidiar, se la solicitó. Ni cumplía criterios por edad, ni por los antecedentes familiares tenía que hacerse una colonoscopia.
Seis años de medicina, uno estudiando el MIR, cuatro de especialidad, y un sinfín de estudios posteriores para mantenerme al día y aprobar las oposiciones… me he convertido en una máquina expendedora de pruebas, una magnífica vending. Y aunque esto sea exagerado y no es cierto en absoluto… a veces no puedes evitar sentirte así.
La sanidad pública no tiene recursos ilimitados.

