Yo solo creo en las estrellas.
Tengo grabado ese recuerdo.
Yo hablando con él, en una habitación en la que tan solo un cortinilla que ya no era ni blanca, separaba las dos camas obligadas a compartir por dos extraños. Cada uno con su enfermedad y su incertidumbre a cuestas, a veces compartida entre ellos, según las afinidades que se fueran dando en el transcurrir de los días.
Siempre me esperaba en la puerta su mujer. Creo que era su segunda mujer.
Antes de que entrara en la habitación, quería tener ella la información de lo que iba ocurriendo, y yo trataba de dársela con cuenta gotas. Eran mis primeros años de especialista, con escasa experiencia a cuestas, y cada paciente, con todas sus preocupaciones, impaciencia, desesperanza, resignación… y cualquier otra emoción o sentimiento que pudieran expresar, caían sobre mis espaldas, incluso mucho después de que se fueran del hospital (ya fuera de alta, o no).
Yo la veía de lejos por el pasillo, en la puerta, esperando las siguientes noticias. Las quería saber antes que él.
Había acudido a urgencias por un dolor que no sabía describir bien si era de espalda, o del costado, o del hemiabdomen izquierdo. Había comenzado como una molestia, y poco a poco (en meses) se había ido haciendo cada vez más intenso, hasta obligarle a acudir a urgencias. Era hombre de poco médicos.
Le gustaba la naturaleza, ir a pasear por la sierra, y mirar las estrellas.
Quería saberlo todo.
En la ecografía de urgencias se observaba una masa en la cola de páncreas, acompañada en la analítica de alteraciones que podían, por lo menos, hacer que te agarraras a la esperanza de que hubiera tenido una pancreatitis aguda en su casa, que hubiera pasado sin acudir a urgencias, para después desarrollar una complicación local. Decidí quedarme con esa opción, la menos probable, pero la mejor para él, y para mí, que nunca sabré como dar malas noticias.
Con los estudios posteriores mi opción fue perdiendo enteros a un ritmo vertiginoso y tuve que abrir la puerta al diagnóstico que nunca habría deseado dar. Él me esperaba sentado en la cama. Yo traía las peores noticias. Ella me pedía momentos antes que no se lo dijera a él, qué cómo se lo iba a decir. Y yo le explicaba que debía hacerlo, debía decirle a lo que se enfrentaba, porque él tenía que decidir el siguiente paso. No quería entenderme y casi me sentía amenazada por no ceder a sus peticiones. Entré.
Yo ya lo conocía lo suficiente como para saber que él quería saberlo todo. Ser dueño. Y casi no tenía que hablarle cuando me acerqué.
Yo solo creo en las estrellas. Me dijo. No quiero biopsias, ni quiero más pruebas, ni más tratamientos que no me llevarán a nada. Quiero viajar al Norte, donde está mi hija, y poder mirar las estrellas mientras todo esto me lo permita. Lloramos mientras sonreíamos mirándonos. No había cumplido los 60 aun y tenía un cuerpo lleno de vida.
Me gusta pensar que ahora (y hace años ya) él forma parte de esas estrellas que tanto amaba.

