¿Cuánto tiempo me queda para ir a recoger a las niñas?… Miro el reloj del horno.
Estupendo, me da tiempo a hacer un tortilla de patatas. Eso sí, saliendo por la puerta cuando le acabo de dar la vuelta y pongo el temporizador de la inducción para que se apague en tres minutos. La dejo tapada, y con el calor se termina de hacer por dentro. Jugosa, como a mí me gusta.
Le doy la vuelta a la tortilla justo diez minutos antes de que suene el timbre del colegio, y salgo por las puerta con lo justo. Andando. Nada de coche., que no llega al kilómetro (creo).
“Llegas tarde” (13.58 h) dice Claudia, que ya estaba esperando junto a su seño. “Para nada, os han sacado antes”.
Y así, con casi todo.
De un tiempo a esta parte tengo la sensación de querer encajar hasta aquello que parece imposible en cualquier hueco que quede triste y desolado. Y así me va. Respiro por inercia.
Los tiempos en la sala de endoscopias están ajustados, y a menos que falte alguien o no se presenten muchas urgencias, casi no hay tiempo ni para un respiro, a menos para mí, que entre uno y otro, reviso peticiones, atiendo whatsapp de compañeros preguntando por pruebas o pacientes, visitadores médicos, a gente de la casa que viene a consultar algo, o digo que sí a alguna semi-urgencia que ha surgido, y “qué mejor que hacerla cuanto antes.” El resultado, pues que medio en broma, medio en serio, me digan que siempre ando buscando qué hacer. Entono el mea culpa.
Mañana, fiesta de Halloween en el residencial. Creo llevar celebrando esta fiesta desde que empezó el mes. Y es que desde que Claudia es consciente de haber nacido en la noche de los muertos, nada le hace más ilusión que ir preparando el disfraz y la decoración de la casa para ambientar la gincana que su hermana Martina le está preparando para el día de su cumpleaños. Varias visitas al chino han servido para encontrar telas de araña, arañas, cuadro tétricos y manualidades relacionadas, por toda mi casa.
Y hoy, agobiada por no haber preparado nada para tal evento, en el que no estaré por encontrarme nuevamente de guardia, he decidido hacer galletas decoradas para la ocasión con fondant.
Experiencia casi ninguna. Para eso están los tutoriales de youtube.
Así que, casi con la comida aun en la boca, he hecho las galletas con masa sable y unos cortadores que les regalaron no sé en qué carrera, y me he dispuesto a colorear el fondant. Un horror.
Miraba de reojo el reloj de la cocina esperando que Daniela de un momento a otro saliera de su habitación para que nos fuéramos a entrenar (las otras dos, en el pabellón con su padre). Sale Daniela. Ve mi cara de desesperación, peleándome con el fondant, y tras decirme cómo se me ocurre iniciar tal complicación, me pide que me olvide del perfeccionismo y “vamos a ir más rápido”. Y se pone manos a la obra conmigo. Las calabazas parecen tomates.
Hemos aprovechado el hueco.
Hemos dejado el fin del marrón a la otra parte de la familia, que llegaba justo para que nosotras dos saliéramos por la puerta para esparcir nuestra mente y nuestros cuerpos por el estadio. Por lo menos ya tenían las muestras.
Necesito aburrirme.

