Vivo unas siete horas al día en el semisótano, casi sin contacto con el resto del hospital.
La pérdida de las guardias de presencia hace ya muchos años también llevó a perder parte de la relación que entablábamos con otros especialistas con los que compartíamos mesa durante el almuerzo y la cena, y cuando había algún paciente que comentar a pie de cama. Las guardias localizadas redujeron ese tiempo para una charla distendida, y las cinco horas de continuidad asistencial que nos dieron a cambio, dan para correr de un lado a otro resolviendo todo antes de que den las ocho para poder irse a casa con el busca a cuestas (que al día siguiente hay que trabajar de nuevo).
La subespecialización conforme vas adquiriendo experiencia con el paso de los años, y las necesidades del servicio, también va reduciendo el número de compañeros con el que te relacionas, sobre todo si como yo te dedicas a hacer pruebas en una sala en el último rincón del semisótano.
Por eso, en parte (pequeña), me gustan las guardias de fin de semana. Las mañanas, aunque a toda prisa, vas recorriendo medio hospital, viendo pacientes que están fuera de nuestra planta y reencontrándote con gente a la que aprecias y hacía muchísimo que no veías. Entre paciente y paciente te da tiempo a saber cómo les va y cuantas veces han cambiado de unidad, o de planta. Y en esos momentos me acuerdo de cuando era residente, y me pasaba las guardias de un sitio para otro, por todo el hospital, como si fuera mi casa, conociendo cada rincón.
Dormíamos en un lugar poco apetecible, donde en más de una ocasión se encontraron chinches y cucarachas, con unas literas de metal que compartíamos con el que estuviera ese día, o incluso ocupando la cama que antes había calentado otro compañero que comenzaba su turno cuando yo empezaba a descansar (lo que podía). No había duchas, no había pestillos, las luces parecían las que daban luz en “Alguien voló sobre el nido del cuco”, y solo podíamos dormir algo porque caíamos rendidos (si no había algún paciente que se hubiera colgado en tu mente, y te obligara a darle mil vueltas en una investigación sinfín sobre posibles diagnósticos). A veces no se podían hacer turnos, porque las urgencias estaban a tope. Entonces, poco a poco, me iba convirtiendo en un zombi, sin saber muy bien qué estaba haciendo con el paciente que me tocara a las 5 de la mañana tras más de 20 horas de guardia.
Las guardias es lo que menos me gusta de mi trabajo. No porque tenga que trabajar, sino por la sensación de soledad y de encierro. No me gusta quedarme sola (sin ningún compañero de digestivo), decidiendo qué hacer en determinadas circunstancias (menos mal que ahora tenemos residentes con nosotros la mayoría de los días). Y es verdad que ahora mismo es difícil sentirse así, porque son muchos los que se quedan trabajando por la tarde, o porque el grupo de Whatsapp es maravilloso para poner cuestiones en común que no resuelves con otra cosa que no sea la experiencia de un o una experta en un determinado campo, pero sin embargo, sigue habiendo algunos momentos difíciles de soledad (sobre todos si tienes que subir de madrugada), y no consigo deshacerme de esa sensación de encierro aunque la guardia sea tan buena que llames a centralita para ver si el busca no está funcionando.
Odio subir de madrugada. Despierto sobresaltada y no soy capaz de entender las primeras frases que me sueltan, casi me parecen una oración que corto para decir: “¿puedes empezar de nuevo?”. Si es solo una consulta y no hay que subir, probablemente tarde más de una hora en volver a dormirme. Si tengo que subir, recorreré las calles vacías con el coche a toda prisa por llegar, entrar por urgencias con la identificación y ver que me encuentro (o con suerte, a mesa puesta porque el residente ya lo había preparado todo).
No me gustan las guardia. Algunas veces, algunas cosas, sí.

