Salí ilesa de la semana pasada, o mas que ilesa, reforzada, por muy agobiante que pudiera parecer todo lo que se presentaba, y es que, como mi jefe dice, el día tiene 24 horas, y no hay más, afortunadamente acaba y pasamos al día siguiente.
Desde que batiera hace unas tres semanas el récord del mundo F 45 en 800 indoor, se me han abierto puertas para poder hablar del atletismo y de la importancia del deporte en nuestra vida que jamás habría pensado tener a mi alcance, así que, en gran parte, siento que tengo la responsabilidad de aprovechar este altavoz que no sabemos cuando se apagará, porque al final, todo pasa, o acaba (por suerte y, o, por desgracia).
Soy médico de profesión, atleta de corazón, convencida de que la práctica de una actividad física en este mundo de locos que nos atrapa si nos dejamos, es tan esencial como respirar.
Mi amiga Isa, Isica, “la rubi”, se ha reincorporado al trabajo después de una larga baja, feliz de poder estar de nuevo con nosotras, portando un maravilloso bizcocho casero hecho con todo el amor del mundo (porque solo así puede saber de esa manera que no seríamos capaz de repetir a pesar de seguir la receta al dedillo), temerosa por su salud, por recaer, una fibromialgia que cursa en brotes llenándola de dolores, paralizándola, y haciéndola cada vez más pequeña, si ella se deja. Pero ella ha decidido no dejarse, y ha cogido las riendas de cuidarse.
Aparece esplendorosa, con bastantes kilos menos que, al irse, la dejan ser mucho más ágil, con su pelo corto, ahora moreno, sin teñir, pero sigue siendo “la rubi”. Le propongo que aparte de cuidar su alimentación se ponga en manos de un profesional que le prescriba una actividad física adecuada y supervisada. Me mira con cierto recelo, en parte porque creo que no se ve capaz, porque tal vez perdió la fe en poder hacer algo más que sus tareas del hogar y lo poco que haga subiéndose a su cinta en casa.
Yo, a la que conoció como residente de primer año dando saltitos como si fuera una cabra, llena de energía hace ya más de 20 años, y que sigo con esa vitalidad a pesar de las arrugas que ya abundan en mi cara, le digo: Yo, que tanto tiempo llevo entrenando, que tal vez debería de saberlo todo y no contar con nadie, necesito a mi entrenador como necesito a mis piernas para correr. Él no solo prescribe el entreno, sino que lo hace con cabeza, adecuándolo a lo que toca en cada momento, valorando mi respuesta al mismo y cambiando según esté física y mentalmente, semana a semana, día a día. Entre él y yo, hay un compromiso no escrito.
La actividad física no es café para todos, cada uno necesita unas cosas, y donde antes se recomendaba andar, ahora se recomienda un entrenamiento de fuerza para conservar los músculos que se consumen con la edad y el sedentarismo; lo que le puede venir bien a una persona, no sirve para la que está al lado; ejercicios mal realizados pueden ser más lesivos que otra cosa…
Definitivamente no, no es café para todos, ni si quiera salir a correr sin control debería estar indicado. Más kilómetros y más tiempo no es siempre la mejor opción.
A saber cuidarse también hay que aprender.

