Creo que los vecinos van a llamar a la policía escuchando tantos gritos.
Son las 7.40 am y llevo más de 10 minutos intentando convencer a mi hija de que tenemos que irnos porque llego tarde a trabajar. Se me ha acabado la paciencia, el tono suave y calmado de mi voz y casi hasta las buenas maneras. Estoy un poco desesperada porque el que se haya enfadado porque no se quiere peinar ella sola no me parece motivo suficiente para que yo llegue tarde a la sesión clínica de esa mañana. Se lo explico varias veces de la mejor forma posible. Nada. Se lo vuelvo a explicar con una ligera amenaza escondida entre mis palabras. Paso a la amenaza manifiesta. Levanto la voz. Ella más, y además, añade una “patadita” a la puerta de su habitación que me enciende. Interviene su hermana mayor (segunda madre -o primera- por mucho que yo me empeñe en pedirle que sea hermana confidente). Nada. Se revuelve y le da un empujón a su hermana, y yo la cojo de ambos brazos para gritarle que hasta ahí podíamos llegar. Se me saltan las lágrimas porque ya no encuentro más recursos en una mañana en la que los minutos están medidos para poder llegar a tiempo para dejarlas en el aula matinal y encontrar aparcamiento en el hospital (tarea casi imposible).
Tras haberme transformado en un monstruo, ella responde rápidamente y coge su mochila caminando hacia la puerta con un enfado que ya no sabe por donde vino y, peor aun, no sabe cómo podrá acabar. Consuelo a la mayor, porque ha fracasado en su ademán de intervenir en la disputa. No pasa nada, le digo, de aquí al colegio se le pasará.
La pequeña, en estas circunstancias, se convierte en la mejor hija del mundo, facilitando la salida de casa: coge su mochila y mascarilla sin rechistar; abre la puerta, llama al ascensor; lo mantiene abierto para que entremos; camina rápido hacia el coche y se sube y abrocha el cinturón. Lo normal habría sido: llamarla cinco veces para que saliera; que tuviera que regresar porque ha olvidado la mascarilla; que se entretuviera en el rellano sin llamar el ascensor; que se hiciera la remolona para subirse al coche; y que me dijera: ¡no puedo abrocharme el cinturón yo sola!, una vez que yo ya me hubiera puesto el mío.
Silencio. Mirada al frente de las tres. No se me ocurre nada más que decir. No tengo el manual de madre para una situación que en otra ocasión habría sido una tontería y ahora me sobrepasa y me hace sentir terriblemente mal por no haber sabido llevarla mejor (seguro que se podría haber hecho muchísimo mejor). Perdona, lo siento mucho, pero cuando te portas así llega un momento en el que ya no sé que hacer. Siento haberte gritado. Ahora siento mi corazón un poco roto y unas tremendas ganas de llorar, creo que como tú. Ella sigue en silencio.
Llegamos al colegio y bajamos del coche las mochilas. Estamos a punto de entrar y sigo sin tener una respuesta.
Se vuelve y me abraza. Yo también lo siento, mamá. Y nos quedamos ahí, abrazadas, con los cuerpos bien juntos, rellenando el hueco que había quedado en nuestro interior. No dejaremos que esto se repita, ¿verdad?
Mis mañanas, perfectamente imperfectas. De carreras y tiempos medidos.

