11º fragmento – Sin bolas de Bichat se está fenomenal

Hace poco escuché (no sé que actriz lo decía) que el secreto para no llevarte sorpresas con la decadencia física inexorablemente unida al paso de los años, era mirarte muy frecuentemente al espejo. Los cambios se van produciendo de forma continua y casi imperceptible, y te adaptas a lo que ves, a tu exterior, a la funda que cubre lo que realmente eres.

Tonterías. Hay días, y días.

El viernes me miré en el espejo y no me reconocí. En mi lugar había una mujer con cara cansada, ojos tristes y apagados, un poco de ojeras (porque no suelo tener muchas), arrugas amontonadas en la frente, y unas cuantas más de un montón en las patas de gallo. Pérdida completa del óvalo de la juventud (esa redondez que tanto me molestaba a los 20) y tez macilenta. Los años van haciendo de las suyas. Entrenar como lo hago, también (aunque a cambio tenga mejor cuerpo que cuando tenía 30).

Se me había pasado por la cabeza acudir a un centro de estética de esos que te encuentras dando una patada a una piedra para paralizar mis músculos con toxina botulínica; rellenar mi maltrecho tejido subcutáneo con ácido hialurónico o hidroxiapatita (que dicen que dura más y se ha puesto de moda); y realizarme todo tipo de tratamientos que pudieran aconsejarme para que mi imagen me reconfortara, y no me hiciera sentir desgraciada y añosa. Que me pongan perfecta, pero que no se note demasiado que es artificial, que yo no quiero estar como Pilar Rubio, que yo lo que quiero es envejecer con dignidad (mi yo autoconvenciéndose de darle un repaso a la funda que me envuelve).

Pero, una cosa, el labio, que se me quede igual, me gusta mi labio superior fino y con la “V” pronunciada; que no me cambie la expresión al reírme, que me gusta como se guiñan mis ojos (y me río mucho); que los pómulos no sobresalgan demasiado. Y no quiero tener una cara redonda ni brillante, que me encanta como se hunde la zona donde antes habitaron las bolas de Bichat. Ya me echaré yo crema para que la cara se vea más hidratada y lustrosa.

Pues que no fui. Y no porque no piense que me quedaría divina de la muerte con unos cuantos retoques, que seguro que sí. Pero es que no puedo evitar que me produzca cierto desasosiego perder parte de mi identidad y parecer hermana de muchas de las que vamos rebasando los 40 (ya de largo), como si la genética y la experiencia no pudieran tener en mí su sello de identidad.

El lunes, en el mismo espejo y con la misma luz, estaba espléndida: ojos vivos y brillantes, piel reluciente, las manchas del sol ni las intuía, pómulos marcados y nariz y barbilla perfectas. No había filtro de Snapchat ni de Instagram. Tenía las lentillas puestas.

El mismo espejo que había reflejado a una desconocida 15 años mayor que yo, ahora me devolvía la imagen que yo quería. Era yo devolviéndome una sonrisa de satisfacción, de complacencia, de serenidad. Era mi yo interior contentándose y sintiéndose feliz con su reflejo.

¡Qué alivio!, me he ahorrado un buen dinero.

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