Parece que se reconocieron sin saberlo, en otros cuerpos, pero sin lugar a dudas eran las mismas almas.
Leí por casualidad un libro del famoso psiquiatra Brian Weiss, que se pasea por medio mundo hablando sobre la regresión. Aquello que empezó siendo una terapia para descubrir donde estaba la raíz del problema del paciente, terminó por llevarle a descubrir que había personas que eran capaces de regresar más allá de su infancia, incluso más allá de su estancia en el cómodo vientre materno. Se encontró con personas que eran capaces de contar vidas previas. El hombre además dice que pudo comprobar como muchas de esas vidas previas habían sido reales.
En fin. Los pelos de punta se me pusieron mientras leía aquello previamente al momento del sueño (me encanta leer en la cama). Y quise creer, me apetecía creer en algo así. No en un cielo cristiano. Yo quería regresar a la vida tal y como la conocemos, aunque con ello me arriesgara a vivir una vida desgraciada.
Me bautizaron con 15 días, pero ya tenía un diente (nací con él) y estaba a punto de salirme el otro. 5 Kg de niña calva que apenas podía abrir los ojos de los mofletes que tenía, con el susodicho diente y un angioma en el brazo izquierdo. Atípica de nacimiento. Necesitaba un nombre grande. No íbamos casi nunca a misa, pero sí hice la catequesis, la comunión… y hasta ahí mi relación con el cristianismo (aunque me casé por la iglesia). No puedo creer. Me pasa como a Martina, lo de la fe no es lo nuestro, nos gusta más que nos demuestren las cosas con datos científicos.
Martina dijo que no quería ir más a religión porque se hacía un lío. No podía de ninguna manera conciliar evolución y el Edén. Y yo preferí que siguiera fiel a la teoría de la evolución tras mi primer y único intento de aunar ambas (cristianismo y Darwin), tal vez porque de cada respuesta salía una pregunta cada vez más difícil y yo tenía cada vez menos tiempo y paciencia.
Cuando el hermano de mi amiga murió por una hemorragia cerebral mientras hacía motocross a los 34 años, necesitamos creer (ella más que yo). Tras horas esperando que fuera posible sacarlo adelante, sentadas en silencio, una al lado de la otra mientras nuestros amigos radiólogo y anestesista hacían todo lo posible, las esperanzas se desvanecieron. El shock inicial dio paso poco a poco a la desesperada búsqueda del sentido de la vida, y con ello a la lectura de escritores que hablaban sobre experiencias cercanas a la muerte, y también sobre la terapia regresiva (sobre la que yo ya había leído más de 10 años antes). Y es que esta última era tan bonita. Recordaba haber leído los libros del bueno de Weiss y terminar con una sonrisa y el corazón lleno de paz porque esto no acababa con la muerte. Me reencarnaría hasta haber alcanzado toda la sabiduría rodeada siempre por las mismas almas, como racimos de uvas (cambiaríamos las relaciones de parentesco en cada vida para no aburrirnos y probarlo todo).
Hoy “me creo muy chulica” porque no necesito creer. Me basta con saber que cuando me muera podré decir que creo haberlo hecho bien. Sin embargo no estoy tan segura de como sería con la muerte de quien me importa, o cómo sería mi muerte para aquellos que me quieren. Dudo que Weiss fuera suficiente.
Mi amiga me pidió que la acompañara a un seminario de terapia regresiva con el Dr. Juan Antonio López. “Viene a Almería y es gratis”. “Pues vamos, claro que te acompaño”.

