11 de mayo. 23.45 horas. Cinco batas blancas han entrado en silencio y me observan con cara de circunstancia desde los pies de la cama. A mí me han dicho que procure no moverme, así que estoy tumbada boca arriba, con el culo ya dormido y los talones con hormigueo, en una cama hundida en su centro que prometía ser una maravilla allá cuando se estrenó, y que ahora anda cansada de haber servido a tantos habitantes. Dicen poco, o más bien nada. Ya sabes, si esto no para, mañana puede que acabe en legrado. Tú ya tienes 14 semanas cumplidas en mi vientre, y te he visto rebotar contra las paredes del útero (es lo que tiene tener un ecógrafo a mano). El calor húmedo de la sangre sigue bajando por mi entrepierna.
11 de mayo. 21.32 horas. El tipo de admisión de urgencias bien podría ser el perezoso de Zootropolis. Soy médico, vengo sangrando mucho, embarazada de segundo trimestre. Como no te des prisa vuelvo a empapar los pantalones a pesar de llevar varias compresas y una toalla. Nada. A su ritmo. Dejo allí la tarjeta y aporreo la puerta de ginecología ante la inquisitiva mirada de los que esperan. Me da igual. Abro y asomo la cabeza para ver a una pareja sentada, la médica y la enfermera. Explico lo ocurrido a trompicones. Espérese fuera, saldremos a atenderle. Cierro y apoyo la espalda en la pared, ya me da igual que se me empapen los pantalones. Si me desmayo, alguien me recogerá.
11 de mayo. 21.00 horas. Hemos conseguido acostar a las niñas y estamos sentados a cenar después de llevar todo el día trabajando en el hospital. Este embarazo es el peor. Del primero ni me enteré, pero qué náuseas tengo con este. Solo se me quitan cuando como algo. No doy el primer bocado cuando creo que me he orinado encima sin darme cuenta: “¡Pero bueno!, que se me ha escapado el pis”,te digo antes de ver que el pantalón vaquero está empapado de un líquido viscoso rojo que cuando me levanto llega a las rodillas. Tú, cara de terror. Mi cerebro empieza a ir deprisa y se me ocurre un desprendimiento de placenta (me dijeron que la tenía casi previa): si me mareo llama a la ambulancia, si no, espera que me cambie que nos vamos para Torrecárdenas en nuestro coche. Llama a mi hermano que se quede con las niñas (siguen dormidas). Me quito los pantalones en la bañera y doy gracias por no impresionarme con los coágulos y el olor a matanza (por algo soy endoscopista digestiva).
12 de mayo. 3.00 horas. Hemos dejado de llamar al timbre cada vez que me cambio las compresas empapadas, he dejado puesta la cuña.
12 de mayo. 6.46 horas. Hace un rato que no sangro. Empiezan las contracciones y se me escapan las lágrimas. No te conoceré. O tal vez sí. Tu corazón aun latía en urgencias. Siempre trato de agarrarme a la opción más favorable.
12 de mayo. 8.10 horas. Paran las contracciones. Ya no hay dolor ni hay sangrado. Ha llegado la calma. Ha amanecido y Alex mira por la ventana, tan triste como yo. Pasa toda la mañana y solo la auxiliar, una cara conocida, se acerca a la habitación. No ha venido ningún médico, ni parece que vaya a venir. Al final le hacen la ecografía a la médica convertida en paciente a instancias de la famosa Mª Carmen: un hematoma tan grande como “tu casa”, pero tú sigues jugando en mi vientre. En ese momento supe que te quedarías. Mi Hanckona, mi cascabelillo precioso.


Aquella mañana me llamaste, era mi cumple, Me quede contigo a celebrar mi cumpleaños, con la alegría de ver como tú cascabelillo se agarraba a la vida y tú a la esperanza de no perderla🥰
Siiiii!! Y no trabajabas. Y viniste. Y me sentí a salvo. 🥰😘
He empezado leyendo tu historia con mucha incertidumbre,a medida que seguía leyendo se me hacía un gran nudo en la garganta empatizando contigo como madre que soy ,y he terminado llorando como si fuera una niña pequeña ,desde luego que tengo que darte la razón en cuanto al pasotismo de urgencias ,impresionante relato ,gracias por compartir