“Buenas noches, guerreras mías, soñad bien, conseguiréis todo aquello que os propongáis”
Son las segundas buenas noches de cada día, las que esperan una vez se han acostado, porque con las previas de: “lavaros los dientes y a la cama” no va a ser suficiente. Espero que nunca.
Leí algo sobre el efecto Pigmalión hace tiempo. Creo que al final casi siempre me ocurre igual, en mi mente permanece el significado que yo le di cuando lo apliqué a mi vida, y ya no sé ni donde ni por qué llegó a mí. Me acordé de algunos límites que yo me había puesto dando por sentado que no sería capaz de hacer algo, sin ni si quiera probarlo, y la verdad que aunque no había muchos que recordar, si hay uno que permanece en mi mente como un sentimiento (supongo porque este recuerdo está ligado al límbico , y estos sí que permanecen), el de no ser capaz de estudiar una ingeniería. En realidad, creo que con 17 años no tenía ni idea de lo que eran las diferentes ingenierías que había, pero sí que eran como carreras intocables por su dificultad, para las que solo unos pocos dispuestos a suspenderlas todas el primer año, estaban llamados. Dio igual, de todas formas, porque podría haber estudiado casi cualquier cosa (menos la ingeniería). Tenía una nota media de 8.56 tras hacer la selectividad de ciencias, y aun así estaba convencida de que yo no habría sido capaz de ser ingeniera (ni tampoco de qué).
La confianza en mí misma la he ganado con los años. Dejé de pensar que todo lo que me ocurría o me iba bien era porque tenía suerte y era muy afortunada, a que quizás, de alguna manera, yo me lo estaba ganando. La experiencia también me ha hecho pensar que soy capaz de hacer casi cualquier cosa que me proponga, y estoy convencida de qué la mayoría de la gente también tiene ese don.
Practico a diario el efecto Pigmalión con mis hijas. Dejé de decirles buenas noches princesas, para soltarles una mini charla motivadora sobre todas sus capacidades cuando se van a dormir. Lo listas que son, todo lo que podrán conseguir con su trabajo, que no tengan miedo, que se lancen, que luchen por lo que quieran, que seguro que lo consiguen, si no a la primera, tal vez a la segunda, o a la décima… Tal vez no puedas esperar que todo te salga perfecto a la primera, pero todas las veces que falles te habrán servido de entrenamiento para esa vez en la que lo conseguirás, y además, puede que descubras que en realidad no eres tan mala, y no se te da tan mal aquello para lo que ni si quiera te habías movido.
Y sin embargo, en multitud de ocasiones, sentados en nuestro sofá, damos un no por respuesta a la idea que ha surgido en nuestro cerebro. Qué pena, sin ni siquiera intentarlo apagaremos la bombilla y nos convenceremos de que no tenemos las cualidades necesarias para enfrentarnos a ello. Y permaneceremos ahí, cómodamente incómodos sentados en el sofá, tristes por no ser capaces, frustrados solamente por tener la certeza de que no merece la pena realizar el esfuerzo, porque seguro que soy una incapaz.
Pues es mentira. Así que mejor enciendes de nuevo la bombilla y buscas la forma de ir a por ello. Pero ya. Un secreto: aunque al final no obtengas el resultado deseado, el camino habrá sido mil veces más estimulante que permanecer en el sofá.

