Los triunfos son tan relativos que muchas veces pueden no parecerlo, tal vez porque tengamos equivocado lo que evaluamos, tal vez porque nos apliquemos el baremo de los demás en lugar del nuestro. Y es que tener éxito puede significar mil cosas distintas para mil ojos distintos, o para los mismos ojos en mil momentos distintos.
Si somos demasiado severos con nosotros, correremos el riesgo de frustrarnos por no conseguir algo que tal vez ni si quiera esté a nuestro alcance, y buscaremos todo tipo de excusas, principalmente externas, para explicar nuestro fracaso. Y puede ser que el problema estuviera en el inicio, en la meta que nos planteamos al empezar sin haber antes avanzado por lo básico; en creer que estábamos preparados para la fase 3, cuando aun no habíamos superado la primera (tal vez ni si quiera sabíamos que existían dos fases previas a la que pusimos en nuestro punto de mira).
Y si no es suficiente problema que nosotros podamos estar un poco perdidos en nuestra planificación y hayamos empezado la casa por el tejado, me parece aun mayor problema cuando el juicio sobre nuestro éxito lo realiza alguien ajeno a nuestro plan de vida, y además, lo tomamos como válido.
Tener un plan de vida me parece fundamental. En realidad, todos tenemos uno, del que podemos ser más o menos conscientes.
Un día lo escribí. Dividí mi vida en parcelas que podía más o menos delimitar e intenté reflejar en el papel qué era lo que me gustaba, con qué me sentía más incómoda y quería cambiar, y una vez hecho esto, hacia donde quería seguir dirigiendo mis pasos. Esto lo hice con mi parcela familiar, profesional, y la más íntima, la que podríamos llamar espiritual, la que tenía que rellenar con cosas que me hicieran sentir bien conmigo misma.
En la profesional he avanzado tanto en una dirección, que no es rentable desperdiciar tanto tiempo y esfuerzo invertido, sobre todo teniendo en cuenta que es un trabajo que me da muchas satisfacciones y que la mayor parte del tiempo lo hago sin sentir que estoy trabajando a pesar de todos los malos ratos que pueda pasar. Otra cosa es la carrera profesional: hasta donde llegar y cuanto invertir en esto. El conflicto con el resto de las parcelas es evidente: el día tiene 24 horas, y 7 (más o menos) son para dormir. Ahora a repartir (y no es sencillo).
En lo familiar… me fustigo un poco. Siempre encuentro partes de mí que debería mejorar como madre, como pareja, como hija… Está bien escribirlas. Las ves y las relees, y te miran desde el folio, con todas sus letras. Le das una vuelta, y tal vez la reescribas de forma distinta.
En lo espiritual, el interior, lo que me satisface y no tiene por qué tener que ver con la familia ni con el trabajo…, esta parcela requiere de una atención especial, porque es la que va a influir en las otras. Si estás bien contigo mismo lo demás saldrá más fácilmente, pero si ésta anda perdida, será casi imposible encontrar el camino en las otras dos.
El plan de vida hay que pensarlo y escribirlo, y releerlo de vez en cuando, porque no es inamovible, porque de vez en cuando requerirá de pequeños cambios para conseguir llevar el rumbo a pesar de las corrientes, las mareas y los vientos que puedan aparecer; o cambiar el rumbo cuando se precise, porque no siempre tenemos por qué querer lo mismo.

