Abrí la puerta de un cuartucho del pasillo de consultas externas de hace 20 años en el hospital donde me presentaba como nueva residente de Aparato Digestivo justo después de San Juan. El humo de no sé cuantos cigarrillos que se consumían durante la sesión clínica en torno a una mesa redonda salía a través de la puerta que se veía al fondo de la entrada, donde se situaba la mesa de la secretaria, mi querida y apreciada Pilar.
El mismo humo inundaba como si se tratara de chimeneas el tiro de escaleras que unía desde el sótano a la séptima planta, ocupada por la biblioteca, pasando por todas las planta. Subir por aquí era una auténtica odisea, esquivando a familiares y enfermos que con sus palos con sueros, tratamientos colgados y camisones abiertos por la espalda, ocupaban escalones y resquicios de los ventanales, cigarrillo en mano.
El hospital estaba sucio. Era un lugar que para nada transmitía lo que debía ser. Al contrario, parecía que entrabas allí para enfermar más aun, sobre todo de pena. Habitaciones desprovistas de cualquier calidez que invitara a ayudarte a sentir que todo iría bien, sin duchas, armarios minúsculos destartalados y camas diseñadas para no descansar… con televisores esperando a ser alimentados por las fichas que comprabas en la planta baja, como única forma de acortar las horas que se hacían tan insoportablemente largas.
Era yo aun residente cuando en una encuesta realizada a los “usuarios” una de las cosas más solicitadas era el cambio de mobiliario. Recuerdo entonces poner el grito en el cielo porque se iban a gastar no sé cuantos miles de euros por cama, sillones y armarios… Veíamos tantas cosas necesarias antes que eso y además, “¡a ver quien se iba a querer ir a su casa con tantas comodidades!”. Pero que tenía que decir yo, que no había estado al otro lado, que no había sufrido la falta de intimidad al tener que asearme en las duchas comunes, no había estado postrada en una cama a punto de derrumbarse durante días, no había sido recluida entre cuatro paredes, a cual de ella más depresiva, ni había tenido que pelearme con la mesita para poder comer cuando apenas podía moverme.
Y ahora que veo el cambio que está experimentando el hospital en su entorno, tratando de hacer lugares más habitables, más agradables, más cálidos para el paciente, familiares, y para los que trabajamos en él, con paredes decoradas con nuestros paisajes, con posibilidades de ocio para sus habitantes, con mobiliario y estructuras que no dañan la vista…, lo intento mirar con los ojos de aquellos que están allí atrapados por sus dolencias, con los mismos ojos que lo admiró mi hija cuando una mañana que la llevaba a una consulta recorrió conmigo medio hospital y me dijo “¡Madre mía lo que ha cambiado esto!, al final vas a hacer que me guste estudiar medicina”. Y es que antes, no hacía mucho tiempo, lo había visto tan inhóspito e inhumano, que era imposible que hubiera querido trabajar allí (¡imagínate ser paciente!).
Al final todo cuenta, incluso aquello que en algún momento pareció insignificante a nuestros ojos.


Como ha cambiado el hospital, que buena descripción! Ahora parece casi inconcebible que algún día se pudiera fumar dentro de un hospital, pero si fue así no hace mucho tiempo. Yo también estaba convenció de estudiar medicina hasta que con 12 años tuve que acudir a Urgencias de Torrecardenas… ese lugar me quito cualquier motivación de ser médico, no quería pasar allí ni un minuto más del tiempo estrictamente necesario para tratarme. Este gran cambio demuestra eso de que “cualquier tiempo pasado NO tuvo por qué ser mejor”!