Hay olvidos que no me gustan nada. No me gusta no acordarme del nombre de las personas que me presentan o no reconocer una cara que me saluda. Me hace sentir imbécil, intento disimular para salir del paso, pero seguro que se me nota que estoy buscando en los archivos de mi cerebro, tan desordenados como yo.
Otra cosa es que no salude. Pasarás por mi lado y mis ojos estarán extraviados sin ver nada de lo que ocurre alrededor mientras voy organizando los tinglados que revolotean como pensamientos parásitos que a veces no me dejan ver más allá. Esto también me irrita, permitir el paso de tantas ideas inútiles a la consciencia, y entreno para que no ocurra demasiado. Pero esto, evidentemente, nada tiene que ver con el olvido.
Creo que mi memoria no es algo destacable en mí. De hecho, el revoloteo de las ideas me descentra y tengo que hacer auténticos esfuerzos por focalizar mi atención, para rendir cuando quiero aprender o no perderme algo. Ya me pasaba en el instituto y en la carrera. Odiaba todas la asignaturas que eran de memorizar, porque estaba convencida de que mi disco duro parecía resetearse cada cierto tiempo, quedando solo los resquicios de un recuerdo que existió. Será por eso que no se me ocurrió nada mejor que estudiar medicina, en la que durante los tres primeros años había poco que entender y mucho que grabar a fuego (malditas anatomía, microbiología, farmacología, e histopatología: las recuerdo con desesperación).
Olvidé a muchos de mis compañeros de colegio y de instituto. Cuando he quedado con ellos me sorprende la cantidad de datos y de situaciones que tienen almacenadas en su memoria… pero esto es entendible. Mi vida giró en torno al deporte. Mis mejores y más vívidos recuerdos están asociados a mis tardes en el estadio, mi segunda vida (mi primera en cuanto a disfrute); las concentraciones durante las vacaciones; las competiciones… ahí creo que mi memoria falla menos, porque los recuerdos van ligados a sentimientos de tal manera, que incluso puedes volver a experimentar aquello que sentiste si dejas que ese trocito del pasado venga a conquistar por un rato tu presente.
Tengo un don. Estos olvidos si me gustan, porque me liberan de un peso que no sirve de nada y me permiten deshacerme del odio sin tener que hacer ningún esfuerzo. Aquellos recuerdos tristes, que me produjeron sensaciones desagradables, los que no merecen la pena… quedan relegados a un cajón desposeídos de toda verdad, o por lo menos de la verdad con la que quisieron instalarse en mí. No tengo que hacer nada con ellos. No me producen malestar ni sentimiento de venganza, ni estrés, ni miedo, ni nada de lo que la situación grabada me hizo vivir tiempo atrás. Están muertos y puedo leerlos como parte de mi vida sin que me produzcan el más mínimo cambio en los procesos químicos que resultan en un malestar que te reconcome por dentro.
Tal vez sea porque no he vivido ninguna situación tan traumática que pudiera instalarse en mi subconsciente hiriéndome por dentro de forma feroz y regresando una y otra vez para tambalear mi presente. O tal vez el umbral del dolor no físico que nos produce un recuerdo amargo sea distinto para cada uno de nosotros.
Tal vez en un futuro no muy lejano podremos elegir recuerdos que queremos eliminar de nuestra memoria.
Me encanta olvidar todo lo que no me sirve para nada, aunque para ello tenga que olvidar algunas cosas que si me servirían para algo (lo acepto como pago por vivir en paz).

