Al igual que cuando acababa un libro necesitaba empezar otro para no quedarme con una sensación de vacío, como si me arrancaran algo, sobre todo si el libro había conseguido sumergirme de tal forma que lo estuviera viviendo en primera persona, así me ocurre cuando se acaban las pequeñas etapas que entrelazadas y solapadas, van dando forma a mis días, semanas, meses… algunas incluso durarán años.
No me gustan los tiempos muertos, aunque muchas veces puedan parecer tan necesarios. Es como el aburrimiento de los niños, ese que te dicen que a veces tienen que sufrir para despertar su creatividad, y que como te descuides rellenan con horas de tele, de consola o de Ipad, y ya ni creatividad ni nada que se le parezca. No me gustan, me crean cierto desasosiego, y para encontrar la paz, necesito centrarme en qué será lo siguiente. Pero eso lleva su tiempo, y sufro como la niña aburrida a la que le decían “pues si te aburres, te das con una piedra en la espinilla”.
Se acaba la temporada de atletismo, la de verano, los eventos importantes en la pista, al mismo tiempo que comienzan las vacaciones y el cuerpo puede descansar de forma distinta. La cabeza puede evadirse de la rutina, y buscar los quehaceres propios de la época estival debe ocupar esos tiempos tan muertos tan difíciles de llenar cuando no es a lo que estás acostumbrada.
Y descansar me produce malestar, no lo puedo evitar. No hacer nada es estresante a pesar de la aparente contradicción. Y por un momento, no me apetece dejar de entrenar, no quiero dejar de ir a trabajar, y no ayuda para nada ver los mensajes en el grupo de trabajo de Whatsapp y los campeonatos del mundo en Rtve.
Los tiempos muertos no me gustan, sobre todo cuando los vivos han ocupado tanto estos últimos meses, cuando la vida ha sido tan intensa, cuando no hubo ni un hueco para la improvisación aunque en realidad estemos siempre improvisando para que todo vaya cuadrando en el día a día.
Menos mal que la experiencia me dice que esto se pasará, que debo organizar las vacaciones, disfrutar del relax, de hacer otras cosas, de desconectar, de todo aquello que supone este tiempo de libertad que tanto se ansían… Y aunque me parezca extraño hasta pensarlo, por un instante, este año creo no necesitarlas. No siento que trabaje ni viva para llegar como sea a ese mes de vacaciones o a esas dos quincenas que supondrán un balón de oxígeno en nuestras maltrechas vidas.
Y me siento afortunada por no necesitarlas, pero no por ello dejaré de disfrutarlas. Un tiempo para vivir más despacio (o más rápido pero en otras actividades); para viajar donde podamos; para pasar más tiempo con la familia; para descubrir nuevas aflicciones; para reordenar objetivos y hacer un esbozo de lo que quiero que sea el futuro; de dormir las horas que el cuerpo me pida (que conforme pasan los años son menos); de entrenar estar tumbada en el sofá sin que eso suponga un ataque de ansiedad para mis adentros; de leer libros que tengo en la recámara; de dibujar…
En breve ocurrirá, lo sé. Echaré de menos la rutina.
Y cuando llegue la rutina, echaré de menos la libertad.

