70º fragmento -Hijas deportistas, madres deportistas

Ya están en cámara de llamadas, ahí donde las pulsaciones alcanza una frecuencia parecida a la que llevas en un rodaje en umbral anaeróbico, sin apenas mover un músculo, fruto de la descarga de cortisol y adrenalina que tu cerebro está orquestando para que tu cuerpo esté alerta por lo que se avecina. 10-15 minutos antes muestran sus credenciales a la juez y pasan a un cubículo mal delimitado donde comienzan a escudriñarse entre ellas y a terminar de ponerse las zapatillas de clavos antes de salir a pista.

Amanda y yo, madres de Amanda y Daniela, estamos al lado, mirándolas, recordando cuando éramos así, con nuestros 13 años o aproximados, teniendo tan presente como nos sentíamos, que nos parece que fue ayer cuando entramos en el agujero de gusano para aparecer en el mismo sitio 30 años más tarde. La frecuencia de nuestros corazones se han sincronizado con los de nuestras hijas, que tienen la mirada algo perdida y nerviosa. Nosotras también.

Tratamos de quitar hierro al asunto y las presentamos, y nos presentamos como madres orgullosas, felices por estar convencidas de que algo muy bueno estamos llevando a cabo en la educación de nuestras ”miniyos” . Porque así las vemos, como calcos de los que fuimos, diferenciadas de nosotras por mínimos rasgos de su carácter que las hará únicas, pero tan iguales a nosotras a nuestros ojos. Y tal vez, por un momento, deseemos volver por el agujero de gusano.

Poco antes de que salgan a pista decidimos ir corriendo a la salida del 1000, justo a la esquina opuesta donde nos encontramos. Sabemos que esa será la parte mas dura, la travesía del desierto, cuando las fuerzas comienzan a fallar y solo el convencimiento de que tienes algo más de lo que tu cuerpo le está diciendo a tu cerebro que tiene te hará continuar. En la primera vuelta le quedarán 600 metros cuando pasen por delante de nosotras; en la segunda, harán caso omiso a todas las alarmas que les indican que tienen que parar para seguir 200 metros más hasta la línea de meta, donde el tartán parece agarrarte y no dejarte levantar la siguiente zancada.

Amanda y yo comentamos nuestras hazañas como atletas máster e intentamos disimular que probablemente el corazón se nos desboca. En la línea de salida, todas en fila, esperando a sus puestos y el disparo. Nosotras también.

El sonido de la pistola da paso a un primer doscientos fuera de todo ritmo esperable, pasando casi cuatro segundos más rápido de lo que parecía adecuado para Daniela. Carrera rota desde el principio por una atleta que ya es internacional y que ha decidido salir a por todas. Y el resto la siguen, con cierto temor a que la carrera se haga demasiado larga, a que los mil metros se conviertan en una odisea. Tranquila, aguanta ahí, no te descuelgues, queda poco, no te rindas, vas para menos de 3 minutos… Da igual, aunque no te oiga, tú gritas. Las dos gritamos para llevarlas hasta el final. El público, sus amigos y amigas las jalean haciéndolas sentir que pueden. Y ellas pueden, y pueden más de lo que habrían pensado que podían, haciendo un carrerón, poniendo a prueba todas sus capacidades y consiguiendo en un campeonato de Andalucía individual mejorar sus marcas.

Nuestros corazones vuelven a su sitio, a su ritmo inicial. El de ellas tardará un poco más. Son invencibles y poderosas y ahora, están borrachas de lactato y felicidad.

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