La sanidad privada es un negocio, serás bienvenido siempre y cuando seas rentable, es decir, estés medianamente sano o tengas algún problema de salud ocasional y fácilmente solucionable, pero abstente si tienes un enfermedad crónica, que precise de tratamientos complicados y/o caros y de un seguimiento estrecho, a menos que puedas pagarlo directamente de tu bolsillo, sin tener como intermediario a una compañía de seguros (a menos que tengas una prima desorbitada que cubra cualquier cosa).
La accesibilidad, la inmediatez, saltarse listas de espera, la apariencia externa, la libre elección del profesional… son algunas de las bondades que ofertan los seguros de salud. En los anuncios aseguran preocuparse por tu bienestar y estar comprometidos con tu salud, pero sin mostrar la letra pequeña.
Y no es difícil pensar que en el momento en el que les vayas a suponer más gasto que beneficio dejas de interesarles como cliente. No son hermanitas de la caridad y no han venido a gastar sus beneficios en las personas más desfavorecidas. Son grandes empresas con muchos beneficios, que vienen a satisfacer una demanda que difícilmente puede soportar la sanidad pública, con muchas limitaciones, eso sí (que la mayoría no son visibles al ojo del usurario hasta que les toca la china), locos por pillar contratos de externalización de pruebas de la pública, mejor pagadas para ellos que para profesionales de la propia sanidad pública (diferentes presupuestos, de diferentes cajones: un derroche).
Trabajé en la privada el tiempo suficiente para ver como ellos no van a perder (aunque para saber eso no hace falta trabajar con ellos).
Fui autónoma para poder ejercer en ella y tuve que renunciar al concepto de pago por exclusividad. Pagué el alquiler de la consulta de mala muerte que se alojaba en sus instalaciones dos tardes en semana. Sufrí los precios ajustados que me pagaban por paciente, la mitad si era una revisión y nada si al paciente había que revisarlo en menos de un mes o por tercera vez. Esos pacientes que más te necesitaban, con hepatopatías crónicas, enfermedad inflamatoria intestinal, y otras cronicidades que requerían de un seguimiento estrecho, tenías que verlos por amor al arte. Si precisaban de tratamientos caros, o demasiadas visitas a urgencias, o estancias en la planta del hospital… les invitaban amablemente a que se cambiaran a la seguridad social en caso de que fueran mutualistas, o la renovación de la póliza de seguros se volvía impagable en la próxima renovación, abocándolos al mismo resultado.
Estos pacientes, muchos de ellos mayores (que es cuando se empiezan a acumular desperfectos, achaques, y enfermedades en general), se veían obligados a cambiar de médicos, de centros, de rutina… era como echarlos de su casa, perfectamente conocida, dejándolos desamparados, a las puertas de una casa mayor, con más recursos pero más inaccesible.
Por eso, cuando me preguntan sanidad pública o privada, les devuelvo otra pregunta ¿para qué?. Si eres joven y tus consultas son eventuales por problemas de salud sencillos, y tu prioridad es la accesibilidad a un determinado profesional (eso sí, que esté en el cuadro médico de esa compañía) y un entorno agradable: privada. Problemas de salud complejos que requieran de tratamientos complicados y/o seguimiento estrecho y/o multidisciplinar: pública.
Esto es solo a grandes rasgos y en ciudades pequeñas (desconozco como funcionan los hospitales privados mastodónticos de las grandes ciudades).
Está claro que hay muchas particularidades que pueden influir en esta elección, que no todo es blanco o negro, y que también dependerá del tamaño de nuestra cartera.

