79º fragmento -Nunca es buen momento para ser madre

“Sé que por la edad que tienes y la situación en la que te encuentras es probable que estés planteándote ser madre…, pero vendría bien a la empresa que te esperases para después de Navidad”.

Era el mes de marzo y ella tomaba la píldora. Hacía tiempo que sentía que quería ser madre, y en eso estaba de acuerdo con su pareja. Pero nunca era buen momento. Contratos eventuales que se renovaban cada uno, tres o seis meses, siempre con la incertidumbre de saber si cuando terminara ese contrato habría continuidad, siempre pendiendo de un hilo, porque aquello que no se le permitía a la empresa privada, era el juego habitual de la pública: encadenar contratos hasta el infinito, sin ningún temor.

Las ganas de ser madre llegaron de repente, tal vez como marcado por un reloj biológico, o por la tradición de lo que debía de ser (aun hoy no lo sé muy bien). Ya se sabe, una vez que te casabas lo siguiente que se esperaba es que tuvieras hijos, y si no se tenían en un periodo aceptable de espera desde el casamiento, comenzaban las especulaciones acerca de los elementos externos que podían intervenir en el aplazamiento, o bien, si no se divisaba ningún conflicto que pudiera interferir en la procreación, probablemente hubiera que pensar en que la pobre pareja tuviera problemas para ser padres (biológicos, no sabemos si de parte de él o de ella, porque antes no estaba tan de moda lo de la pareja poco fértil).

El caso es que esa era la rueda en la que todos entraban: noviazgo más o menos corto; casamiento (la gran mayoría por la iglesia; hijos (la pareja al menos); y ya, te dejaban descansar hasta los nietos, no sin antes valorar si los bautizabas o no, elección de guardería y cuando comenzaría, colegio público o privado, si iban a hacer la comunión…

El primero o la primera, te cambia la vida para siempre (si asumes la responsabilidad que te corresponde, que luego hay de todo). Para mí fue el cambio más brutal. Me costó adaptar mi mente a pensar que mi tiempo, antes ocupado por un millón de cosas que afortunadamente olvidé rápido que era capaz de hacer cuando no era madre, ya no me pertenecía en un 100%, primero, para luego ir recogiendo las migajas para confeccionar mi nuevo espacio que fue creciendo un poco con ellas también.

Entiendo la depresión posparto, y no solo justificada por el cambio hormonal, sino por el cansancio, la esclavitud que supone amamantar (al menos hasta que se espabilan un poco), los cambios del cuerpo, las noches sin dormir, y un poco de pérdida de identidad hasta que vuelves a encontrarte de nuevo en tu nuevo rol. Mi instinto maternal quedó más que satisfecho. La intención de que mi hija no fuera única por diversos motivos, no (de ahí que sean tres).

Ella salió del despacho y llamó a la otra parte interesada para quedar y comer fuera después del trabajo.

Había salido triste, herida, sintiendo que ni si quiera era dueña de su cuerpo, que tendría que retrasar lo que deseaba y para lo que estaba preparada. Nunca sería buen momento: por el trabajo, por miedo a perder el contrato, por los cursos de formación, por algún viaje que quisieran hacer…

Llevaba cuatro días tomando la píldora en ese ciclo, el resto del blíster se unió a las medicinas caducadas del armario de cocina. No hubo periodo siguiente.

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