80º fragmento -Soy muy seca

He tenido la sensación toda mi vida, desde que tengo consciencia de ella, de ir un poco contracorriente.

Tal vez porque si asignamos el valor de “normal” a lo que hace la mayoría, yo nunca me he identificado con ella, ni si quiera cuando era niña. Y esto, que ahora mismo no me importa y me hace sentir hasta un poco orgullosa, hubo un tiempo en que podía hacerme sentir un bicho raro, y sin embargo, a pesar de ello, pocas veces di mi brazo a torcer.

Aparte de lo que tus padres y resto de educadores influyan en tu desarrollo personal, creo que cada uno nacemos con un carácter que va a determinar en gran parte como nos vamos a comportar en determinadas situaciones. En mis dos primeras hijas lo vi claro: mientras que Daniela desde muy pequeña se mostraba complacida de respetar las normas y si le decías que no se saliera de una línea no se iba a salir; Martina caminaba por esa línea pisando de vez en cuando fuera para ver que pasaba.

Yo he sido más como Daniela. Aplicada y obediente, algo vergonzosa, y con miedo a saltarme cualquier norma por absurda que fuera. Estudiaba, era el ojito derecho de mi entrenador porque cumplía con todo lo que me decía mientras el resto se escondían para evitar parte del entrenamientos, jamás llegué más tarde a casa de la hora que me dijeron, no hice ninguna trastada en campamentos de verano o concentraciones de atletismo, me acostaba pronto en los viajes cuando tenía que competir, y sufría si sabía que los demás querían montar la fiesta. Una aburrida a los ojos de la mayoría.

Y sin embargo, a veces se me ocurre que el mundo es más de aquellos que son como Martina. De los que exploran límites y tienden a saltarse normas, de los que prueban a ver que pasa, de los que no tienen vergüenza y no temen preguntar porque el “no” ya lo tenían desde el principio, de los atrevidos y aventureros… Y yo no soy nada de eso, o tal vez haya aprendido a serlo poco a poco, más tarde, cuando ya casi todo mi camino se puede divisar casi hasta el final.

Al final he hecho un popurrí y he cogido lo que me gusta de cada extremo que planteo. La mayor parte de mí, y en esencia, sigue siendo la misma niña plenamente adaptada a las normas sociales, dócil, trabajadora y, aunque no tenga nada que ver con esto (o tal vez sí), poco fiestera. La vergüenza la fui perdiendo por el camino de los años que he ido cumpliendo, porque despojarme de ella me permitió coger muchos atajos en muchas ocasiones; cada vez exploro más e intento hacer cosas a las que antes un yo diminuto instalado en mi conciencia decía “ni se te ocurra” en el mismo momento que se iluminaba la bombilla de la idea que estaba por venir; me adhiero a menos compromisos, los voy aborreciendo porque consumen mi tiempo, que va adquiriendo más valor conforme me hago más vieja, y de esta forma, me permito decir que no a cosas que conforme me doy la vuelta sé que será criticado por todos los rincones…

Y es que decir NO es tan importante… Deshacerte de todo aquello que los demás creen que tienes que hacer y a ti no te vale para nada… Esto último, es mi adquisición más importante: seleccionar. Necesito cosas que me llenen y me hagan feliz a mí y a los que me importan, pero sobre todo a mí. Y no es egoísmo, es necesidad.

Solamente si estoy donde quiero estar podré dar a los demás mi mejor versión. De otra forma, tristeza tomaría los mandos.

Soy muy seca, o llamadme distraída, porque muchas veces voy a lo mío. Pero os aseguro que no es por mala educación (aunque pueda parecerlo), es porque soy un bicho raro.

Deja un comentario