“Lo que pasa es que está gorda, mira” Y mientras, cogía un pellizco de mi muslo con sus dedos a modo de plicómetro, mostrando el pliegue graso que había conseguido agarrar a su hijo, licenciado en medicina, que con algo de vergüenza ajena, prefería no mirar y quitaba importancia a lo que su padre decía.
Ella tenía poco más de 16 años y sentía como la sangre caliente inundaba toda su cabeza, con sus ojos clavados en el suelo. Llevaba la tarde dedicada a ejercicios de técnica de jabalina, una de las siete pruebas que componían el heptatlón para el que entrenaba sin perderse una tarde, sin desobedecer una orden del entrenador, sin saber que más podía hacer.
Una vez leí, no hace mucho, y no he sido capaz de volver a encontrarlo, un informe en el que se daban las claves de cuales eran las causas más probables de la disminución del rendimiento deportivo que se producía en las niñas poco tiempo después de la menarquia. Por un lado coincidía esta época con el aumento de la complejidad de los estudios, por otro, con el creciente interés por estar con los amigos y salir por las tardes y las noches. Además, en las mujeres los cambios hormonales, que inicialmente habían sido favorables para mejorar su rendimiento por un aumento natural de la testosterona, poco poco darían paso a un descenso de la misma y a un aumento de las hormonas femeninas, que en resumen, luchaban por dotar a la niña de un cuerpo de mujer, con los depósitos grasos en caderas y senos, y un menor interés por mejorar la fuerza de un cuerpo que se estaba preparando para poder ser madre. Un caos para quien de repente, se estancaba en marcas y veía como su peso, y sus ganas de comer, aumentaban de forma desproporcionada.
Ella llevaba bien las causas ambientales. Estudios perfectamente acoplados en el horario del día le permitían sacar dos o tres horas para estar en la pista de atletismo. Sus amigos estaban en la pista. (tanto entrenando como compitiendo), así que eso era un 2×1 que hacía innecesario ir a tomar café o salir los fines de semana. Lo que no pudo evitar fue el cambio hormonal, una mala nutrición en la que nadie supo guiar porque seguramente hace más de 25 años tampoco se le daba mucha importancia, la pérdida de su primer entrenador, y un cambio en la forma de entrenar que lejos de dejarla exhausta le aburría sobremanera, con sesiones interminables de como acabar el gesto en el lanzamiento de peso o de jabalina, y poco gasto calórico, un aliado perfecto de la mala alimentación para ser eso, gorda.
Aceptó que le sobraba peso, pero no como única causa de su disminución en su rendimiento deportivo. Así que lo que al principio solo fue resignación, pronto, y con la ayuda de una pésima actuación en una carrera de vallas en un campeonato de Andalucía celebrado en Almería, se transformó en la aceptación completa de que algo pasaba.
Aceptar algo te permite buscar soluciones, te permite ser activa.
Eso ocurrió tras abandonar indignada la competición, llorando, para perderse un buen rato en la playa y ordenar pensamientos. Fue la gota que colmó el vaso, lo que ya no pudo controlar. Encontró salida, se la contó a su padre, que la apoyó, y juntos dieron con una solución momentánea que devolviera la motivación perdida para quien el atletismo probablemente fuera la mitad de su vida.

