Hasta que mi cuerpo reorganizó los tinglados secundarios a un embarazo en reposo que hizo innecesarios y prescindibles los músculos de cada parte de mi cuerpo, los dolores articulares cada vez que pisaba el estadio se esforzaban por hacerse notar para que tirara la toalla. Pero yo no podía hacer eso.
Pisaba por la mañana el suelo con cuidado para no hacer ningún juego con las articulaciones de los tobillos, ni de los huesecillos incontables de los pies, para trasladarme al baño y comenzar cada día con las abluciones matutinas, mientras poco a poco el cuerpo se iba engrasando antes de salir de casa.
Cuando ya había perdido toda esperanza de poder hacer deporte sin que me costara la misma vida y pareciendo una anciana en cada despertar, los dolores se fueron aliviando hasta desaparecer. Al menos esos de los que hablaba. Los de falta de uso, o de protección. Más bien de lo segundo, pues a medida que los músculos se fueron despertando y reaparecieron, las articulaciones dejaron de gritar.
Esos dolores se fueron para no volver. Al menos mientras siga manteniendo el tono muscular que sorprende a la de medicina del trabajo cuando anualmente me hace una revisión por trabajar con rayos X. Aparecerán otros.
Es casi imposible que pueda recordar días en los que entrene sin algún dolor. Antes, los desoía y continuaba hasta que ya era demasiado tarde. Ahora, trato de buscarles una explicación para poder corregir cuanto antes la causa y evitar que poco a poco empiece a hacerse demasiado presente. Cambio la dirección de carrera, la zapatilla, lo comento con Toni por si hay que fortalecer alguna otra zona para compensar, un masaje de descargar, una puesta a punto… pero no dejo que vayan a más. Y es que tengo terror a lesionarme ahora que llevo dos años y medios sin ninguna molestia importante.
Al final, cuando entrenas, sometes a tu cuerpo a un estrés del que tiene no solo que recuperarse, sino del que además, tiene que salir fortalecido para aguantar el siguiente envite (que probablemente sea más intenso). Así que esto es como un toma y daca en el que te pones a prueba, para adaptarte después, e ir así subiendo los peldaños de tu forma física de manera segura, con mucho cuidado.
En el verano del 2019 (casi dos años después de mi reincorporación al atletismo) se me ocurrió recordar viejos tiempos saltando altura (mi corazón de combinera me lo pedía). Con las mismas zapatillas que después pretendía correr un 200 salté 1.45 m y sentí un crack en la planta del pie. Tres meses pasaron hasta que tuve la suerte de encontrarme con Esteban y que diera con lo que tenía: una rotura de la placa plantar. A partir de ahí la incertidumbre y desesperación por pensar que no podría volver a correr, una férula de sujeción blandita durante el verano, 5 meses sin poder correr, mucho tiempo andando con calzado plano y dolor continuo, y un pinzamiento nervioso a nivel del segundo metatarsiano del pie izquierdo que de vez en cuando me recuerda mi atrevimiento (ese se ha quedado conmigo para siempre). Los tacones los tengo casi olvidados, con lo que me gustan.
Eso me sirvió de lección. Por eso escucho mucho más a mi cuerpo y trato de ir sin prisas, y si alguna vez me entran las ganas de machacarlo más, tengo la suerte de contar con un entrenador que sabe pararme los pies.
Al final, una de las cosas que más cuentan para mejorar, es la continuidad que tengas, así que evitar lesiones o reconocerlas a tiempo es una tarea importante dentro de todo lo que significa entrenar. El tiempo que estés parado es tiempo perdido, y muchas veces una retirada a tiempo consume menos tiempo en casilla que una parada por obligación.

