105º fragmento -Demasiado jóvenes para jugar a ser mayores tontos

A última hora Daniela, mientras íbamos de camino a que corriera la Aguacarbo 2022, insistió en ir con nosotros a ver IZAL en el Cooltural Fest Almería, ya que era ella quien se sabía las canciones, y no su padre, del grupo que descubrimos demasiado tarde (encerrados durante la pandemia), y que ahora era cabeza de cartel. Mis hijas me regalaron la entrada por mi cumpleaños, Alex me acompañaría. No pudimos decirle que no cuando ella dijo de pagar la entrada con sus ahorros.

No le dio tiempo a recoger su premio como primera en categoría cadete, ni casi a descansar, andando lo más rápido posible hacia el coche para llegar a tiempo a Almería.

La feria de noche, recién comenzada, inundada de música que ensordece a cualquiera.

Entramos con nuestras pulseras en el recinto del festival y en poco más de 5 minutos comienza IZAL. Ella alucina, nosotros también. La primera vez que vemos al grupo en directo y el sonido es increíble, la voz de Mikel también. Cantamos, bailamos, hacemos los coros, gritamos…

Daniela vive en primera persona un tipo borracho que apenas se mantiene en pie para acercarse a la barra y pedir algo que mantenga constante, o tal vez eleve aun más, la alcoholemia que lo desposee de sus funciones más básicas. Choca con ella, y se disculpa casi con la de al lado. Sigue su camino. Gente fumando sin importarles hacia donde dirigen el cigarrillo encendido cuando lo alejan de sus labios. De empujones no pudimos quejarnos, estábamos más bien atrás y podíamos disfrutar sin mucho agobio de la música en directo.

Ella está cansada, pero las canciones que se sabe le hacen olvidar de forma momentánea que viene de correr 5 Km a 4 minutos el Km, y salta, y sigue cantando, hasta que la batería se queda vacía y entona un “vámonos ya” (1.30 am, cuando ya Mikel había acabado, y cantaba Rigoberto Bandini).

Volvemos comentando lo increíble que ha estado el concierto y que ojalá podamos volver a verlos antes de que se separen. Y mientras hablamos, nos cruzamos con grupos de niños y niñas que no tendrán más años que ella, jugando a ser mayores, llegando a la feria tras haber hecho botellón en los descampados de los alrededores que apenas están iluminados. Vemos a dos compañeras de instituto de su curso cogidas de la mano, eufóricas, dispuestas a comerse la noche del sábado, con un atuendo más que minimalista; una pareja sentada en una jardinera discutiendo como si nadie pudiera verlos por algún motivo de celos (ella miró a otro que no era él); borrachos que no alcanzan los 18, en grupo, buscando seguir la fiesta a toda costa; borrachos que ya pasaron los 30 hace tiempo, solitarios, buscando no sé qué…

Algunas de sus amigas del instituto han quedado para salir en unos días. Solas. Ni su padre ni yo lo vemos claro. Y se lo explicamos. No nos parece que sea aun el momento. Pensamos que sería difícil hacérselo entender cuando está rodeada de gente de su edad que ya dieron ese paso. Pero acepta tranquilamente, sin señal de resignación ni de rebeldía. Ha visto con sus ojos abstemios y claros como se comportan los que sucumbieron a las bebidas espirituosas a pesar de no tener edad ni para conducir.

Yo no podía dejar de preguntarme donde estaban esos padres, y si la normalidad sería distinta a lo que yo pensaba.

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