108º fragmento -Menstruación, deporte, y cumplir años

Por si fuera poco con el cambio corporal que supone tener tres embarazos, una de las cosas que peor llevo desde el último de ellos, es la menstruación.

Cuando competía siendo adolescente, e incluso al principio de los 20, no recuerdo haber tenido ningún problema por culpa de la regla, es más, estaba prácticamente convencida de que rendía mucho mejor cuando estaba en esos días en las que otras tenían dolores tremendos de bajo vientre, de cabeza, piernas hinchadas…, y una lista de síntomas innumerables (a algunas hasta les salía herpes labial) que hacían de los 4-6 días que duraba la maldita, un auténtico suplicio. Yo ni me enteraba, y no encontraba en mí ningún cambio relacionado con aquel ciclo que alteraba nuestra concentraciones hormonales a lo largo de 28 días, en mi caso.

A mí me llegó con casi 15 años, el mismo día que empezaba un curso intensivo de verano de perfeccionamiento de natación. Mis hermanos, todos niños y menores que yo, me perseguían por la casa para ver que era aquello de la regla mientras yo intentaba saber de que manera podría ir aquella mañana a la piscina. Mi madre, que apenas usaba tampones, tenía guardados unos talla grande sin aplicador, marca Ob, que me dio junto al folleto explicativo correspondiente. Aquello debió de quedarse a medio camino de su lugar definitivo, pues fui dolorosamente consciente de llevarlo puesto desde que salí del baño, hasta que regresé del primer día de curso, y sudé lo que no está escrito para poder sacarme un tampón mal colocado, hinchado por haberse mojado en la piscina, y nada facilitado por un flujo menstrual que no daba para mucho más que para hacer saber que ya era fértil. Poco después descubrí los minis con aplicador (otra historia).

Estaba harta de escuchar que muchos de los síntomas que se tenían durante la menstruación desaparecían una vez eras madre, o por lo menos se hacían más llevaderos. Parece que para compensar, a mí me tocó lo contrario, y muchos de esos síntomas que a mí me parecían más bien una exageración, vinieron a quedarse conmigo una semana de cada 3, con todo su despliegue el segundo y tercer día. Distensión abdominal, dolor de cabeza, sensación de pesadez pélvica, calambres que bajan de las ingles a las piernas… Y sin embargo, esos días, sigo entrenando como si tal cosa, y sigo funcionando como si tal cosa (lo cual no quiere decir que no me queje y no crea que me quejo mucho menos de lo que podría hacerlo). Esos días odio que coincidan con entrenamientos exigentes o con competiciones en las que tienes que poner toda la carne en el asador. Y sin embargo, si no los hago, si no voy al estadio a pesar del mal cuerpo que tengo, sé que estaré peor (ya lo he comprobado).

Así que, en mis segunda etapa como mujer fértil post-3-partos, después de que la ginecóloga me dijera que estoy divina y que tengo muchos folículos esperando en la recámara (juventud ovárica, al menos) y sin ninguna gana de que desaparezca este incordio más frecuente que mensual por todas las bondades que conlleva aunque no lo parezca, he descubierto, que a pesar de rendir menos (tampoco estoy muy segura de esto, porque son tantos los factores que intervienen…) no hay mejor aliado que un buen chute de endorfinas para engañar al cuerpo y sentirse de maravilla a pesar de todo.

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