111º fragmento -Echas de menos algo que nunca tuviste

No se puede echar de menos algo que nunca tuviste, y sin embargo, todo tu ser, llora por no tenerlo.

Y es que cuando vienes a la consulta para explicarme lo que se te hincha la barriga, no haces bien las digestiones, tú hábito intestinal está trastocado o tienes unos ardores que te mueres…, yo no tengo tiempo, en 10 minutos desde que entras por la puerta, de investigar cuanto te mueves; cómo comes, si tomas bebidas con gas, te pasas con los productos precocinados; engulles en lugar de masticar hasta empezar la digestión en tu boca; te pones tibio de dulces o te comes un bollo de la sección de panadería del Mercadona cada tarde; te bebes la coca cola como si fuera agua, los fritos son lo habitual en tu dieta, u olvidaste qué era comer crudo, vegetales y frutas; te pasas los días “corriendo” de un lado para otro sin un momento de descanso o inmóvil en el sofá; o vives con tal estado de ansiedad que casi la mitad del aire que entra por tu boca y tu nariz va directo al estómago para llenarlo como un globo.

Cómo mo vas a echar de menos aquello que nunca hiciste, aquello que no te enseñaron que sería esencial para no querer buscar en la magia de las píldoras cada 8 horas de diferentes colores y tamaños, la cura a casi todas tus dolencias. ¿Cuándo dejaste de o comenzaste a escuchar las quejas de tu cuerpo? ¿Cuándo empezaste a maltratarlo? ¿Por qué buscas la cura en los parches que yo puedo recetarte?

Tu mente, insatisfecha y estresada, inundará tu cuerpo de cortisol y otras hormonas que entorpecerán todas las funciones normales y saludables que pretende llevar a cabo tu organismo. Dormirás mal, tendrás cansancio, serás más propenso a tener catarros y gastroenteritis, incluso tumores, porque tú sistema inmune estará adormecido; aumentará la resistencia a la insulina para llevarte silenciosamente hacia la diabetes; tu piel estará sin brillo, tu pelo se caerá más, y las uñas estarán quebradizas; la flora bacteriana que protege tu medio interno se volverá contra ti; te dolerá la cabeza (cefalea tensional, la llaman); perderás fuerza muscular y no soportarás ni tu propio peso, apareciendo dolores de espalda y cuello, cultivando la artrosis de tus articulaciones; tu grasa adoptará una distribución andrógina, aumentando el perímetro medido a nivel del ombligo, empeorando el síndrome X, aquel que te predispondrá a todo tipo de enfermedades cardiovasculares y metabólicas, esas que avanzan en silencio envejeciendo prematuramente tu organismo…

Y tú, que no puedes echar de menos aquello que no tuviste, tomarás hipnóticos que te lleven a los brazos de Morfeo y/o te fumarás el cigarrillo que te tranquiliza; acudirás a bebidas estimulantes para aumentar tu energía; comprarás antigripales, probióticos, actimeles y antidiarreicos; teñirás tu intestino grueso de gris con los laxantes sin los que eres incapaz de ir al baño; utilizarás edulcorantes mientras permaneces ciego al azúcar que metes en tu cuerpo cada día, hasta que tomar la metformina ya sea irremediable; te echarás todo un tratamiento reparador e hidratante para que la piel luzca con un lustre adecuado; puede que te dé por hacer ejercicio de forma compulsiva y poco sostenible, que te haga sudar, con un film plástico (que para eso están los influencers) envolviendo la tripa que echaste de más, en un intento de disolver la grasa que se empeñó en localizarse ahí por alguna extraña razón; serás ajeno a la disminución de la luz de tus vasos sanguíneos hasta que un día tengas una angina, un infarto, una claudicación intermitente o un accidente cerebrovascular… Y alguien dirá: “¡Con lo joven que es y lo bien que estaba!”

Echarás mano a todos los parches que no conseguirán tapar ningún agujero, cuando la solución estaba en lo que tu cuerpo estaba echando de menos, que lo usaras bien. Infórmate de cómo y empieza. Haz que vuelva a funcionar.

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