Y con la convicción de que todo cuenta, me he preparado la fiambrera con la verduras y los 100 g de pechuga de pollo a la plancha que me tocaba comer hoy, la he metido en una bolsa, y con un poco de vergüenza anticipada, hemos salido de casa para ir a comer a casa de mis suegros, y con mis cuñados.
Yo ya le había advertido por Whatsapp de que no hiciera nada para mí, que ya lo llevaba yo de casa. Mi suegro, dedicado toda su vida hasta que consiguió jubilarse a la hostelería, propietario hasta que estuvo abierto del restaurante Mesón La Reja, siempre nos prepara lo mejor cuando vamos a comer con ellos. Todo le parece poco y no escatima en calidad cuando va a comprar al mercado central, donde se conoce los puestos mejor que su casa. Su respuesta a mi advertencia (también por Whatsapp): 😈😢😱🥰. Ya no ha hecho falta que le diga más cuando he entrado por su puerta.
Yo he renunciado a los manjares que tenía preparados a riesgo…, sabiendo, que me pueden tomar por loca, pero hace mucho tiempo que eso dejó de importarme. Ahora mismo pesa más la determinación que guía mis pasos cuando he decidido hacer algo, a sabiendas de que a medias tintas puedes quedarte a medio camino de tu objetivo, y entonces, quizás, cuando el resultado no sea el esperado, echarás la vista atrás para darte cuenta de todo aquello que no creíste que contaba.
Y es que para la mayoría, quizás no pase nada porque este día renuncies a la dieta y comas como todos, que para eso tu suegro se ha esforzado y disfruta viéndote comer. Tampoco habría pasado nada porque ayer fueras al chiringuito y en lugar de comerte tu plato de arroz, te hubieras soltado la melena para ponerte tibia de cerveza y comer hasta reventar. Y puede que tampoco sea de recibo que el sábado tengas un cumpleaños con barbacoa con tus amigos, en el que se espera que des cuenta de unos cuantos botellines y todo aquello que salga de las brasas, y tu estés pensando en como encajar lo que te toca ese día (porque ir, seguro que voy). Tres días en una semana, y puede que cada uno de ellos sea juzgado por personas distintas.
La mayoría de la gente no tiene por qué saber hacia donde caminamos y con que determinación lo hacemos. A mí dejó de darme vergüenza hacer cosas que la gente no espera que haga en según qué circunstancias: no beber alcohol y no comer en exceso el día de la boda de mi hermano porque competía al día siguiente; salir a correr por Sevilla después de un curso y antes de coger un avión para no perder el entrenamiento, en lugar de irme a merendar; irme a dormir temprano cuando los demás siguen de fiesta…
Los demás no tienen por qué saber si esta es tu excepción de la semana o del mes, o del año. Basta con que cada uno haga aquello que quiere hacer, y tenga la convicción y determinación necesaria para llevarlo a cabo a pesar de todos los obstáculos que pueda encontrar en el camino. Porque lo más fácil sería decir que de esta forma es imposible hacer la dieta que me propuse para mejorar mi rendimiento deportivo, pero en su lugar, yo he elegido encontrar la forma, en cualquier circunstancia, de poder llevarla a cabo.
Alejarme de lo establecido y de lo esperado, ahora me resulta más sencillo. Y desde que lo hago, estoy más contenta conmigo misma.
Gracias suegro, porque cuando yo te he ido a explicar por qué llevaba un tupper bajo el brazo, tú ni me has dejado acabar la frase y me has dicho: “Si yo ya sé como tú eres”, con una sonrisa y un abrazo.

