Así como el cansancio físico del día de entrenamiento más duro que puedas recordar relaja tu mente y abre ventanas que jamás pensaste que estaban allí para abrir, el cansancio mental agarrota cada parte de tu cuerpo haciéndote creer que la mejor posición que puedes adoptar es la horizontal, sin ganas, y sin energía.
Estoy en semana de descarga en cuanto a entrenamientos. Esto significa que las sesiones son predominantemente regenerativas, para consolidar de alguna manera el trabajo que llevamos realizado anteriormente, y así nuestras adaptaciones metabólicas y musculoesqueléticas se reafirmen para volver a afrontar un nuevo microciclo con más energías. Y sin embargo, ayer, que tuve descanso total y ni pisé la pista, me sentía exhausta y con tendencia al sueño.
Mil cruces de caminos aun no resueltos hacían cola en la antesala de mi toma de decisiones para bombardear mi mente y agotar toda mi musculatura sin ni si quiera someterla a un ejercicio. Tenía ganas de ser un bicho bola.
El cansancio mental es infinitamente más agotador que el físico.
Estoy segura de que probablemente todo habría ido mejor si hubiera salido un rato a pasear para romper ese círculo vicioso al que te llevan pensamientos parásitos enredados. Seguramente haber despertado al cuerpo de ese letargo fingido habría conseguido desenredarlos y permitirme comenzar a tirar del hilo poco a poco. Mi cuerpo se habría dado cuenta de que el cerebro, y todo su ejército de hormonas y neurotransmisores, lo estaban engañando, y de que en realidad él no quería estar en esa posición horizontal.
Creo que esto nos pasa muchas veces: no saber salir de este cansancio orquestado por nuestra mente.
No salí a dar una vuelta y me arrepentí. Ahora lo pienso, y me arrepiento.
Y es que hoy, que trabajaba de mañana con el peto de plomo puesto para hacer CPREs, y de tarde haciendo endoscopias, he salido del hospital con mi mente pidiéndome que me fuera a casa…, y me he ido al estadio para ver como Daniela terminaba su entrenamiento y yo hacía el mío. Y después, después de todo el día sin parar ni adoptar ninguna horizontalidad, he llegado a casa y no estaba cansada. Estaba como nueva, con todas las pilas cargadas, como si fuera una dinamo.
El cansancio físico regenera cuerpo y mente.
Nuestro cuerpo es como la dinamo que daba luz en mi bicicleta, se carga con movimiento.
“Yo, si me siento, no hay quien me arranque”, dice Mª Carmen. Y no hay mejor ejemplo que ese. Si tu cuerpo, ahorrador por naturaleza, te pilla en un renuncio, luchará con todas sus fuerzas porque te quedes pegada a una silla, bostezando. Por eso nos encantan las mañanas moviditas en las que no paramos desde que entramos por la puerta, para de repente echar un vistazo al reloj y darnos cuenta de que se ha pasado toda la mañana.
El cansancio físico te resetea y te hace ver y pensar con claridad. Al menos a mí.

