137º fragmento -Cargando la dinamo

Hoy descansé.

De ejercicio físico.

De ejercicio físico intenso.

Hoy descansé de trabajo en el hospital.

En general, este día se suele transformar en un infierno de mil y una tareas domésticas que no parecen tener fin y por ello nunca llegaré a estar completamente satisfecha. Pero hoy no. Hoy venía con la tareas hecha del martes, el día más cansado de la semana hasta hoy, el día que no hice nada.

A las 7.15 am las dos pequeñas aparecen por la puerta de la cocina ya vestidas cuando yo me disponía a dar el primer sorbo de café y con la tostada recién hecha. -¿Por qué no nos has despertado? Porque hoy no hay prisa, hoy no voy a trabajar. -Pero nosotras queremos ir al aula matinal de todas formas… Ahí se acaba la tranquilidad de mi desayuno y empiezo a preparar leches y tostadas (que ya no compro galletas ni sucedáneos).

Las dejamos en el aula matinal y con mis auriculares y mis zapatillas decido ir a dar un paseo matutino cerca de la playa para empezar con una energía distinta a la que me atrapó el martes. El cielo limpio. El mar sereno. La gente paseando por el paseo, más o menos rápido, pero sin prisas por llegar a ningún sitio. Veo la parte nueva del paseo marítimo, que aun no me había asomado, y me encuentro con mi madre. Nos tomamos un café y tenemos una conversación que creo que a ambas nos reconforta. Estamos felices.

El día empezó a pedir de boca.

Llego a casa y me encuentro con Alex, que viene de hacer ejercicio y entra un poco más tarde. Otro café, esta vez descafeinado, para acompañar los planes futuros que le voy contando, aquellos que parecen finalmente haberse desenredado en mi cabeza, y se hacen más tangibles conforme los voy mencionando.

Ir a comprar, sin prisas. Recordar cosas que siempre olvido y que, aunque no son imprescindibles, les hará ilusión a las niñas.

Lavar el coche.

Llegar al barrio para terminar de hacer la comprar de la parte perecedera de la nevera.

En la tienda me encuentro con gente que se extraña al verme por allí tantos años después, y eso que vivo cerca. Mi mundo de prisas ha dejado poco tiempo para pasear por las calles del barrio.

Preparar el almuerzo.

Recoger a las niñas del colegio, que salen con una sonrisa que se ensancha por mil cuando me ven entre el resto de progenitores agitando mi mano para que vengan. El camino de vuelta está lleno de historias del colegio.

Inglés para las dos, gimnasia para Claudia, y vóley para Martina.

Comprar el regalo de cumpleaños del viernes acompañada por una Martina exhausta pero feliz porque nos ha tocado un bolígrafo que resolverá todas nuestras dudas al tirar de una ruleta en una tienda.

Hoy no noté ese cansancio de hace dos días.

Hoy creo que recargué la dinamo de mi cuerpo con el paseo matutino de vistas infinitas.

Deja un comentario