140º fragmento -Mi abuela usaba Nivea metálica azul para su cutis

Cumplir 45 años llenó mi armario del baño de todo un arsenal de cosméticos para “combatir los signos de la edad”.

Y no porque yo fuera a comprarlos, sino porque vinieron a mí.

Un sérum regalo de mi madre, y un tratamiento completo de productos combinados, preferentemente koreanos (creo), de la mano de mi amiga María, que podría tener perfectamente un máster en cosmética asiática de lo que le gusta leer e informarse sobre el tema.

Así que , una vez desechados, por ahora, todos los tratamientos de rejuvenecimiento facial aplicados mediante agujas, atendí las explicaciones de María para ver en qué orden y en que horario había que aplicarse esos jabones, tónicos, pretratamientos, sérum y cremas milagrosas, incluida una hidratante del Lidl. Casi me canso de escuchar todo el ritual que debía llevar a cabo por la mañana y por la noche antes de acostarme. El de la mañana, asumible; el de la noche, cuando de repente me entra el sueño que me hace desear teletransportarme directamente del sofá a la cama, sin ningún entretenimiento de por medio, lo veía yo más difícil.

Ahí puse los botes, en orden de aplicación, pensando en que María se había molestado en comprarme cada uno de esos botes pensando que serían perfectos para mi cutis, y eso fue lo que hizo que me comprometiera con comenzar la rutina en la que yo apenas creía. Y ya llevo un mes.

Siempre he tenido una piel muy agradecida.

No recuerdo haber tenido granos en la adolescencia, salvo alguno ocasional, cuando la mayoría luchaban por encontrar el tratamiento que pudiera librarles de esas incómodas espinillas en una edad en la que absolutamente todo te acompleja.

Mi cutis deber haber sido resultado de los genes que lleve de mi abuela María Ibáñez. La recuerdo con una cara inusualmente tersa y lisa para la edad que tenía (la década de los 70), y a ella quejándose de la escasez de pelo, que la peluquera le colocaba en unos rizos perfectos para disimularla, y mostrando orgullos su tez, resultado del uso prolongado y sin descanso de la nívea del bote de metal azul. Yo no sabía de qué forma podía extender esa crema que era sólida y densa, y que en ningún momento parecía que pudiera ser absorbida por ninguna piel. Quizás formara una capa que ocultaba las arrugas. El caso es que ella insistía en que ese era su secreto, mientras seguía mis cejas con sus dedos para decirme que las tenía perfectas, que nunca me las tocara.

Yo no fui consciente de que la piel de mi cara, en cuanto a calidad de la misma, pudiera llamar la atención a mediados de mis 20, hasta que llegué al hospital y un médico no paraba de repetir cada vez que nos veíamos en la cafetería durante las guardias, que tenía un cutis perfecto. Así mismo. De tanto que me lo repitió, me lo creí.

Ahora mi cutis tiene 45 años y se le nota. Manchas solares, arrugas de expresión (mis patas de gallo creo que nacieron conmigo), flacidez que empieza a notarse en las comisuras, poco espacio entre el ojo y la ceja…, aun se resiste el código de barras y alguna que otra cosa. Tal vez, con el tratamiento perfectamente diseñado por mi amiga María, consiga seguir envejeciendo como dicen algunas, con dignidad, pero sin que mis expresión deje de ser la mía, y yo deje de ser yo.

Llevo un mes que he sido capaz de realizar la rutina dos veces al día, incluso cuando caigo de sueño. No sé si noto o me notan algo, pero mi cara está mucho más limpia e hidratada, y me veo tan bien, que ya apenas me maquillo. Supongo que a esto también contribuirá que cada vez vea menos de cerca. Tal vez la presbicia sea una aliada.

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