Hoy no sentí envidia cuando vi a Javi y su mujer comprando en el mismo mercadona que yo.
Salía de trabajar después de una urgencia de última hora en una paciente con covid, donde todo el mundo arrimó el hombro sin pensarlo dos veces para organizar en un tiempo récord una intervención que consiguiera sacar de la zona crítica y progresivo fallo múltiorgánico a una paciente que había entrado por urgencias un rato antes.
Estaba cansada después de una mañana de mucha tensión en la sala de endoscopias, pero decidí aprovechar la adrenalina que aun corría por mi cuerpo y la falta de hambre para pasar por el supermercado y hacer la compra de camino a casa. Menos gente a esa hora, todo más rápido, aunque eso significara comer cerca de las 4 de la tarde.
Y mientras cogía la fruta los vi, haciendo lo mismo que yo, con rapidez, igual que yo, locos por llegar a casa, como yo… y por un momento pensé en la diferencia. Yo llegaría a casa y tendría que hacer la comida para Daniela y para mí (los otros ya tenían su tupper congelado de cocido sacado esa mañana) y comenzaríamos con la locura de las actividades extraescolares de mis hijas, con las ropas, con las duchas… y con todo lo que pudieramos ir haciendo en los tiempos muertos con el portátil bajo el brazo.
Y a pesar de ello, y de saber que ellos llegarían a la tranquilidad de su casa, con tiempo para conversar entre ellos sin interrupciones, con sus hijos estudiando ya en la universidad y haciendo sus vidas fuera…, no sentí envidia.
Pensé que mientras ellos estarían haciendo una buena sobremesa, yo estaría atendiendo la llamada de Claudia desde el baño porque ha hecho caca; persiguiendo a las dos pequeñas para que se lavaran los dientes y se pusieran los zapatos, esos que no encontrarían a pesar de habérselos quitado poco tiempo antes; estaríamos preparando meriendas, organizando la tarde, yendo a ver como le va a Martina con su inicio en el vóley; yendo a entrenar con Daniela al estadio; llegando para cenar y acostar a las pequeñas y ver la segunda parte de Portugal-España…
Rota. Así acabo el día.
Y sin embargo, feliz.
Y estando ya sentada en el sofá junto a los dos que me siguen en edad en la casa, pensé en lo rápido que pasa la vida, y la de veces que había deseado que ciertas partes de la misma pasaran lo más rápido posible, tener el poder del mando a distancia que el diablo regalaba a Adam Sandler en Click para que pasara al siguiente capítulo de su vida cuando el quisiera (por estrés, por tristeza, porque le molestaba su jefe, porque le molestaban sus hijos…)
Y ahora ya no tengo prisa. Esto también pasará, con todo lo bueno y todo lo malo que pueda tener.
¡¡¡Gol de España!!!! -quedan 2 minutos más el descuento-
No tengo prisa, y solo pienso en disfrutar de cada etapa que se vaya presentando, porque no podría desear estar en mejor lugar que en el que estoy ahora mismo.


Es verdad.
Ni prisa para recorrer la vida, el tartán es otra cosa. Ni envidia por los demás.
Si aprendemos que la vida es como la playa, que las olas vienen y se van, que para disfrutarlas te tienes que mojar y que aunque parezcan iguales son diferentes, tendremos las herramientas para recorrer este camino.
Me encanta esto que has escrito. Así es, hay que mojarse.