Todo parece imposible hasta que decides hacerlo.
Y así ocurre con todo.
Solo descubrirás que eres bueno o buena en algo si comienzas a practicarlo, porque estamos de acuerdo en que nadie fue el mejor del mundo a la primera, aunque ya se le vieran maneras al principio; y otros a los que no se le veían maneras, resulta que con esfuerzo, perseverancia y determinación, dejaron con la boca abierta a muchos.
Una de nuestras peores enemigas para dar un paso al frente y comenzar cualquier cosa que nos hayamos propuesto en nuestra mente, es la vergüenza. La vergüenza, intima amiga de la procrastinación, te hará retrasar hasta el infinito el inicio de aquello que tanto te gustaría empezar.
Y si lo piensas, solo te llevará un segundo decidir que mañana es el día elegido, y ponerte manos a la obra para tenerlo todo preparado (si es que el tema en cuestión necesita de mucha preparación), para que así sea. Eso es lo que te separa de seguir poniendo excusas y pasar a la acción.
Además de la vergüenza, está la pereza. A veces.
Incluso cosas simples dan pereza. Cuando empecé con la dieta deportiva, miraba cada una de las comidas que tenía que preparar y se me hacía un mundo todo: comprar los ingredientes, dejarlo todo preparado, llevarlo de un lado para otro cuando tengo que comer fuera, la bebida de recuperación del entrenamiento, olvidaba meter el agua en la nevera, no encontraba tiempo para comer tanto…, y en menos de una semana, todo se automatizó.
Cuando pensaba en llevarme las cosas para ducharme en el estadio después de entrenar, me imaginaba una mochila enorme para llevar todo lo necesario y solo encontraba inconvenientes. En una semana la mochila está perfectamente optimizada sin que ocupe mucho más de lo que lo hacía cuando no me duchaba.
Cuando no encontraba tiempo para correr en mi época de “globera” (runner), decidí dejar siempre la ropa preparada y las zapatillas cerca. Si había más de 20 minutos por delante, era suficiente para cambiarme y salir por la puerta. A la vuelta había ganado unas dos horas de vida por una inversión de no más de 30 minutos.
Si estamos quietos, tendemos a seguir en ese estado.
Si vencemos ese estado de reposo y nos ponemos en marcha, la inercia pronto hará el resto.
En serio, solo necesitamos vencer esa fuerza inicial que nos mantiene en estado estable de reposo, porque cuando emprendemos algo, primero nos desestabilizaremos, para poco a poco ir encontrando nuestro nuevo equilibrio, ese que seguramente nos hará sentir satisfechos porque hemos sido capaces de dar el paso que nos lleve a conseguir nuestros objetivos.
Con la práctica, todo mejora. Si algo te gusta, es más probable que se te de bien. Si no comienzas, nunca sabrás como se te habría dado. Si lo piensas, hazlo.

