Un día en endoscopias está lleno de imprevistos, sobre todo cuando no estoy.
Y esto debería ser una ley de Murphy: Basta que estés de vacaciones, o de curso, o de congreso, o de saliente de guardia, o de día de asuntos propios… para que te necesiten más que nunca. Da la impresión de que el universo conspire para que todas las urgencias, llamadas, complicaciones…, e incluso algún pariente enfermo, te llamen ese día en el que parecía que ibas a descansar.
Esto, además, empeora con los años de experiencia y con la especialización que adquieras en alguna o algunas técnicas.
A mi me va la marcha. Me gusta intentar solucionar lo más complejo aunque eso sea un estrés añadido a mi jornada laboral, y a mi jornada de descanso que nunca lo es. Me gusta mostrarme siempre disponible para ayudar en lo que pueda y es casi imposible que de un no por respuesta cuando se me requiere para algún entuerto. Y es que con solo pensar en lo que podemos hacer por el paciente, o por ayudar a un compañero que nos reclama, se me olvida qué hora es o si ese día me tocaba estar de paseo por la orilla de la playa.
Me encanta poder solucionar problemas con difícil solución, aquellos que se salen de cualquier protocolo por infrecuentes, por extraños, o por complicados. Aquellos en los que se necesita discutir con otros compañeros cual puede ser la mejor alternativa cuando ya no se ve ninguna salida, buscando un hueco que nos de, que le de al paciente, alguna esperanza.
No existe horario para esto.
Tampoco existe horario para Alejandro cuando se trata de preparar una clase, una práctica para que sus alumnos se sientan atraídos por aquello que les enseña, una mejor forma de hacer las cosas… Es curioso. Él descubrió tarde lo que estoy segura que es su vocación. Solo hace dos años que ejerce como profesor de secundaria, y ha sido capaz de sacar su plaza y disfrutar con lo que está haciendo, aunque se pase horas en casa delante del ordenador. Ha conseguido implicar a nuestras hijas en sus proyectos de robótica, de programación… y saber entender qué es lo que los niños reclaman. Toda su clase saltó de alegría cuando lo vieron entrar este año continuando como su profesor. No puede haber mejor recompensa.
Yo encuentro recompensa en todo lo que hago. En el equipo de trabajo de endoscopias se respira muy buen ambiente y es rara la ocasión en la que se quejan por todos los imprevistos que van surgiendo y van cargando nuestras espaldas de trabajo. Al fin y al cabo, como dice Mª Carmen, no estamos picando piedra. Nuestro trabajo en ocasiones puede ser agotador física y mentalmente, pero en general, todo esto se ve recompensado por el resultado, o por el hecho de saber que al menos lo hemos intentado y no se ha quedado nada en el tintero.
Mar me teme y echa de menos a Anguita. Dice que la hago trabajar demasiado y que siempre llego con alguna sorpresa, que nunca sabemos como va a ser el día.
Es verdad, soy facilona. Me dejo engañar fácilmente y trato de embaucar a los demás para que se suban al mismo barco que yo. De momento lo consigo.
También tenemos días normales, como entrenamientos regenerativos en atletismo.

