“¿Vas a poder hacerlo en decúbito supino?”
Yo miro la estrecha camilla radiolucente de la sala de CPREs sobre la que está tumbado A, un paciente con obesidad mórbida que no llega a los 40 años, cuyo cuerpo hace que la camilla se pierda bajo él, que no puede dejar de quejarse porque está realmente enfermo y dolorido, sin fuerzas, harto de hospital, de intervenciones, de reintervenciones, de drenajes ocupando al menos 5 puntos de salida en su piel… Harto de no evolucionar bien, con miedo, y entregado a cualquier cosa que nosotros queramos hacerle para que pueda salir de esta.
Estas camillas no están hechas nada más que para personas delgadas.
No se puede colocar de lado, que es como habitualmente realizamos la inserción de una prótesis esofágica que servirá para que deje de fugarse contenido intestinal. Solo puede quedarse boca arriba, con una intubación que va a costar horrores para aislar la vía aérea y evitar que además se añada una neumonía por aspiración a su largo historial intrahospitalario.
“Puedo hacerla en decúbito supino, pero necesitaré un banco para subirme”
Y de lejos, perdido entre conversaciones sobre cógele la guía, cuidado con la bomba, pásame las cinchas, cuanta mediación preparo, qué prótesis quieres, tenemos listo el clip… se escucha algo referente al peso, a lo malo que está, a cómo lo vamos a poder hacer en esa posición… y él, está despierto. Y no es sordo.
Muchas veces, sobre todo ahora que estamos acostumbrados a trabajar con pacientes dormidos, hacemos comentarios sobre la patología del paciente, sobre sus antecedentes, sobre las complicaciones posibles o las que ha tenido… que no ayudan para nada a quien está aterrado esperando que nosotros mejoremos de algún modo su vida. Soy cuidadosa en eso, pero a veces, enfrascada en la preparación de la exploración, en la revisión de las imágenes, en comentar el caso con los residentes o con otro endoscopista, o con el cirujano que vino a ver cómo iba todo… podemos olvidar que están allí, plenamente conscientes de todo lo que ocurre a su alrededor, y con mucho miedo.
Me acerco, le digo que todo va a ir bien, que si sabe lo que le vamos a hacer, se lo vuelvo a explicar con palabras sencillas, y muchas veces intento bromear si veo que hay sitio para eso.
Javi hace su trabajo y lo pone en brazos de Morfeo, con un tubo en la boca enganchado al respirador que a mí me hará un poco más difícil la técnica, pero no hay otra opción.
Cuesta más de lo deseado: subida a un banco, con dificultad para hacer la endoscopia, con una prótesis que se desplaza en cuanto la sueltas y tenemos que recolocar en varias ocasiones… Finalmente conseguimos dejarla fijada y cantamos victoria, porque técnicamente ha sido un éxito, aunque haya costado, y ese es el principio para que sea un éxito clínico.
El despertar, del que no se acordará, es peor. Cuando conseguimos pasarlo a la cama y limpiar drenajes y que se sienta algo mejor, se nota la presión en el pecho del tubo de nitinol que expande su esófago, el mismo que curará sus heridas. Le explico que es normal y que mejorará. Le pondremos analgesia.
Al final de la semana supe que ya podía pasar a planta, que evolucionaba bien, que tal vez el éxito técnico pudiera acabar en éxito clínico.
A, con una obesidad mórbida se realizó una reducción de estómago por vía endoscópica que le duró lo que a la mayoría, para después volver a aumentar de peso. Decidió someterse entonces a una cirugía de reducción de estómago y derivativa, porque era incapaz de adelgazar por sus propios medios. Se produjo una fuga (una complicación bastante frecuente) en el postoperatorio. Reintervención. Nueva fuga. Reintervención. Prótesis de esófago.
Cruzamos dedos.
Todo va a ir bien.


Por la consulta donde trabajaba mi madre (Era A.T.S., aunque creo que ya no se llaman así) pasaban pacientes similares. Contaba algunos casos que te dejaban muy mal cuerpo. Pero también otros que te alegraban el día.