“Tuve un déjà vu. Justo cuando dejaba la comba en la mochila. Ya lo había vivido”.
Yo siempre me acuerdo de Matrix, de como explicaba que eran errores del sistema (creo). Una teoría no cinematográfica-futurista-distópica es, que nuestro cerebro, de alguna manera, reconoce como recuerdo algo que acaba de “grabar”. Mi hija dice que es que su alma ya lo vivió, y ahora lo hace su cuerpo con su cerebro.
“Piensas entonces que nuestra vida ya está escrita…” Sí, dice ella, mientras terminamos de dejar la mochila en el césped para empezar con el calentamiento. “Pues entonces, no entrenes, ya está escrito si serás o no atleta olímpica”. Pero ella imagina de repente que eso no puede estar o no en su destino, ella tiene la oportunidad de trabajar, y de moverse, y de hacer todo lo posible porque eso ocurra. Solo deja abierta la posibilidad de que la muerte si que esté en nuestro destino, si no, por qué iba a haber muertes tan extrañas, en las que se tienen que dar tantas circunstancias juntas, como en una accidente de tráfico en un lugar determinado, contra un coche que en ese momento pasaba por allí, cuando de repente se cruzó un perro y le hizo dar un volantazo.
Nuestro día a día es un devenir de sucesos en los que se unen múltiples casualidades para explicar algo. La mayoría no tan evidentes por banales, pero si te paras a pensar, casi a cualquier cosa puedes darle un significado que te haga pensar que mala, o qué buena suerte tuviste.
De vuelta de las vacaciones de Asturias nos quedamos en Madrid para acabar con un regalo para las niñas, la Warner Beach. Cuando cerraron, cansados de sol y toboganes, nos subimos al coche y, antes de salir a la autovía, sentimos un golpe contra el coche, como si hubiera saltado una piedra contra la chapa. Íbamos a seguir, pero Alex decidió parar. Al abrir la puerta se escuchaba como salía el aire a presión de la rueda de atrás, por un tornillo tremendo que había perforado la rueda. Quedaba poco de luz. Nos pusimos manos a la obra para cambiar la rueda entre avispas que atosigaban a nuestras hijas. Paramos en una gasolinera para inflar “la galleta”, y seguimos la marcha hasta Callao, donde teníamos el AirBnB.
La rueda la habíamos puesto nueva para el viaje. Inservible se quedó.
A la mañana siguiente solo pudimos buscar un lugar para cambiar la rueda, y dimos con un negocio familiar que nos trató de maravilla, y nos puso una rueda que nos sirviera para llegar a casa y luego pedir la nuestra.
Pinchamos antes de la autovía; Alex decidió parar a pesar de no notar nada; la rueda de repuesto estaba bien y pudimos cambiarla; las avispas no nos picaron; para las niñas fue una aventura… “¿De qué nos habría librado haber pinchado con ese clavo?” Si estuviéramos en Destino Oculto, sería obra de nuestro “ángel de la guardia”, quién sabe.
Eso es una anécdota sin importancia.
Daniela, que sigue soñando con ser olímpica, y que piensa en que Los Angeles sean su estreno, sigue sumando circunstancias que se tienen que dar para que eso ocurra. Y sigue trabajando como si no hubiera conseguido nada. Y es que es verdad, aun no ha conseguido nada, porque es pequeña y porque ahora mismo solo necesita estar en el camino, sentirse apoyada por nosotros, que intentamos aprender para poder darle todas las herramientas necesarias para que su sueño se cumpla.
Y sabemos que ser talentosa no es suficiente, y no sabemos hasta donde llega su talento.
Sin embargo, me parece más que suficiente para ir andando el camino que se sigue proponiendo, y poder afrontar los obstáculos que irá encontrando.
Despacio, y con buena letra.

