“Cuando corro, me siento poderosa”, dijo ella en un momento de la conversación, y ahí me quedé, masticando esas palabras que resumían de forma tan acertada todo lo que me invadía cuando era capaz de correr en un anillo de 200 metros para hacer una marca apenas esperada para mis 45 años.
Hablábamos Raquel y yo de por qué corríamos, de como nos hacía sentir, de la ilusión por entrenar, por sentirnos fuertes, por poder demostrarlo en Antequera…, después de correr un 1500 en el que yo me sentí atrancada pero tuve recompensa, y en el que ella no tuvo su mejor día terminando con cierta decepción. Y es que las cosas son así. Entrenas, como cuando estudias para un examen, días tras día, viendo el progreso, a veces menos, pero siempre con la mirada puesta en una competición objetivo, donde demostrar lo que puedes dar, a ti y a los demás, porque al final, todo el mundo espera algo. Y el día D puede que sea el mejor de los días, o que sea imposible que se den el mínimo de circunstancias indispensables para que la cosa pueda salir medianamente bien.
El descanso, el estrés acumulado, las horas de trabajo, la alimentación, los biorritmos, los entrenamientos previos, el viaje… ¡Tantas variables que pueden afectar al rendimiento!. Nosotras, que no somos atletas profesionales pero que profesionalizamos nuestra afición para tratar de sacar el mayor rendimiento posible, nos vemos supeditadas al resto de nuestras actividades: nuestros trabajos, la atención a la familia, los horarios imposibles… encajando como se puede lo que más nos gusta hacer, y apuntándonos a competiciones aunque sepamos que es imposible que lleguemos en un buen momento (probablemente en el peor).
En el 1500 anterior a éste, semana de trabajo, con guardias, con resecciones endoscópicas complicadas que dejan los depósitos de adrenalina por los suelos, justo antes de salir directa desde el trabajo a Antequera para llegar una hora y media antes de correr tras dos horas y media de viaje por carretera. No era el mejor día, y tampoco mi cabeza mejoró la situación: vamos a probar, a ver que tal, sin expectativas, que para eso hemos venido, para correr… y poco a poco trato de mejorar ese discurso mental para que la parte no física del esfuerzo que me espera esté en las mejores condiciones posibles, que para eso hemos venido, que para eso les he hecho viajar a mi familia.
Los días de competición son tan variables… En algunos te encuentras a tope calentando, convencida de que va a ir todo bien, y suele ser así (pero a veces no, y hay que sobreponerse a la propia decepción); hay días en los que calentando encuentras un millón de excusas para no ponerte ni en la línea de salida, pero sales y triunfas. No hay manera de saber qué va a pasar.
Yo siempre salgo feliz, a pesar del cansancio, de la incertidumbre, de las dudas, de la poca confianza y de todos los sentimientos negativos que se te puedan ocurrir. Feliz de poder seguir disfrutando.
Raquel y yo, y muchas más como nosotras, nos sentimos poderosas empujando el tartán con nuestros clavos, empoderadas para todo lo que hacemos en el resto de vida que no es atletismo.

