La caza es complicada. No sabemos las marcas exactas de todas las que compiten, pero es posible que una de las que más rápido corre, venga detrás de nosotras y quiera cazarnos, y tenga la posibilidad de hacerlo.
Hace un rato he pensado cuantos segundos de ventaja necesito más o menos para asegurar el puesto. Barça y Playas no cuentan, que esos llegarán antes. Valme es posible que salga cerca de mí (por delante o por detrás según vayan mis compañeros), y el Scorpio tiene en sus filas a una niña que está hecha un tiro.
Hace tres años y medio, cuando yo empezaba a creer que podría hacer la mínima para el campeonato de España Absoluto a pesar de mi condición de atleta Máster recién incorporada a unos ritmos que no sabía que aun podían estar en mis piernas, buscando la mínima recorrí, en época de pandemia, las pistas donde había alguna oportunidad de correr rápido, y de esa forma, en el mes de agosto de 2020, viajé a Huelva, a la otra punta de mi querida y amada Andalucía, para correr con niñas que ni siquiera conocía (y ellas menos a mí).
En aquella carrera que ahora me parece tan lejana, Valme salió tirando y detrás de ella María. Yo me enganché, sin saber hasta donde llegarían mis fuerzas. María se quedó en el toque de campana y yo la adelanté tratando de seguir de lejos la estela de aquella que seguía empujando con una zancada espectacular. Hasta el final, me repetía yo, hasta el final, no pares, sigue… Y hasta el final, detrás de Valme, luchando hasta el final para parar el crono en 2.13.67, récord de España entonces de F40. Allí la conocí.
Este sábado calentábamos antes de salir en “La Caza”, juntas, hablando de cómo había que plantear la carrera, yo sabiendo que sin 3 segundos de ventaja sobre ella, iba a ser difícil poder ganarle. Comentábamos la importancia de dosificar bien, de no encarnizarse con la que iba delante porque en el segundo cuatrocientos se podía pagar caro. Con cabeza, hay que correr con cabeza.
Ya en la carrera, a mi me entregan unos dos segundos antes que a ella, pero al paso del primer 200 me pasa como una exhalación y yo intento seguir la estela, aunque reservando, de lejos, recordando lo que hemos hablado ella y yo hace solo unos minutos, sabiendo que ella lo puede pagar caro, pero que yo no puedo alejarme demasiado para tener una oportunidad. La llevo en la mirilla, preparada para actuar en cuanto vea cualquier flaqueza. Y en el último 300 siento que puedo, que es posible, que tengo que luchar, y voy progresando poco a poco para enfilar la recta final con los últimos restos que me quedan para pasarla, creyendo que puedo.
En 50 metros me da tiempo a imaginar que si llego muy justa al final, me tiro, o que mejor no, que ya no soy una jovenzuela y necesito mis manos para hacer endoscopias el lunes. En ese instante de duda Valme se lanza, cual supergirl, consiguiendo quedar 6 centésimas por delante de mí tras una recta final de puro infarto, físico y emocional, con nuestros equipos empujándonos a voces en nuestra lucha por el bronce.
Ella en el suelo. Me acerco a besarla. ¿Me has ganado?, me pregunta. Creo que no. Pero da igual, hemos ganado las dos. Ella, su equipo, se lleva el bronce, yo, el haberlo dado todo hasta no poder más, con una sonrisa de oreja a oreja, tirada al lado de mi amiga, a quien admiro desde el día en que la conocí, y de la que me siento casi como una madre, tal vez solamente porque biológicamente podría ser. 23 años nos separan.
Por muchas más rectas como esta, Valmecilla.

