La primera vez que gané una medalla en un campeonato andaluz fue en Almería, en las pruebas combinadas. Participábamos cuatro niñas, una de Málaga que parecía la madre del resto, que éramos de primer año de infantil (dos de Jaén y yo, de Almería). Tendría 12 años, y me gustaba correr. Era buena en cross, pero ya me iban encaminando hacia la combinada. Yo la odiaba. La medalla de plata en un campeonato de Andalucía en el que solo participábamos cuatro me pareció realmente poco, a pesar de ser subcampeona y salir del maravilloso estadio de la juventud, cuando aun se llamaba así, cuando aún tenía césped artificial, cuando los atletas que venían de fuera se podían hospedar el en Albergue del mismo nombre… Cuando podíamos celebrar campeonatos regionales y nacionales en Almería… A pesar de salir de allí con mi medalla colgada al cuello y con la devoción de mi clase del colegio.
Al año siguiente seguí haciendo fondo y combinadas. Segunda en el cross internacional de Itálica y tercera en el regional de cross entre una marabunta de niñas de mi misma edad tuvo un significado para mí mucho mayor que la medalla que un año antes había conseguido en mi tierra. No sabía que sería una de mis últimas carreras de cross, y todo, por culpa de ser medianamente buena en un montón de pruebas.
En el campeonato de Andalucía de pruebas combinadas se me ocurrió batir el récord de España, y me declaré oficialmente la reina en el país de los ciegos, y es que sin menospreciar a nadie, hasta entonces, las combinadas no habían sido la especialidad predilecta de casi nadie, y eran muy pocas las niñas que nos enfrentábamos en las competiciones. Es cierto que mi nivel me permitía competir en algunas pruebas individuales con buenos resultados, como en altura, donde tuve la mejor marca nacional del año en infantil y quedé segunda de España siendo cadete, pero nada de eso podía igualarse para mí con la hazaña de haber quedado tercera en un andaluz de cross.
Yo no era ni soy especialmente alta, ni fuerte, ni rápida… no tenía muchas de las cualidades que se le exigen a una heptathleta, y sin embargo ahí estaba, entre las mejores, hasta que a los 18 años, cuando llegaba un cruce de caminos importante que marcaría para siempre mi vida, alguien decidió que, a pesar de haber sido la mejor y seguir estando entre las mejores, no era yo la que tenía que ir a la Blume. En realidad casi me hicieron un favor, porque yo quería ser mediofondista, y nadie supo verlo ni yo tuve la suficiente fuerza para plantarme y decirlo.
Yo siempre he competido principalmente contra mí misma. En todo. Lo demás es el resultado de esta competencia leal que practico casi a diario en todo lo que hago. Yo trato de ser mejor persona, de correr más, de estar al día, de hacer la tortilla de patatas más buena que se haya comido Alex, y la tarta de queso que casi te haga llorar (de buena).
No busco huecos en los que destacar, busco la manera de ser mejor aunque no destaque. Eso es lo que para mí significa este deporte. Buscar y encontrar la oportunidad de llevarte al límite para saber dónde está ese lugar.
Mi sentimiento de niña ganando una medalla en una competición de 4 personas es parecido a lo que experimento cuando tengo un premio donde ya no hay competencia, y no me gusta nada. Y espero que no me volváis a malinterpretar, porque cada fase de la vida, o de la temporada, o de lo que quieras, tiene un rasero con el que medirte. Y para muestra: En el año 2020, antes de la pandemia, apenas podía hacer 2:20 en el 800. Cuando llegué a Antequera desde Lepe con la hora pegada al culo para salir en el 800 del Campeonato de Andalucía indoor casi lloro por quedarme en el corte de la serie B. Gané la serie B con 2:21. Gran satisfacción por la marca, pero con ganas de haber estado en la serie A para exprimirme un poco más, aunque hubiera quedado última.
Mejora continua, dice mi empresa (SAS). Hasta el infinito.

