Al final siempre llegamos a la misma conclusión, el equilibrio.
Los radicales libres están presentes desde los estudios científicos ocupados en la biología molecular del entrenamiento en deportistas de élite, hasta en los anuncios de estética con los que nos bombardean para que evitemos el envejecimiento prematuro (o normal) de la piel.
Los radicales libres parecen ser uno de los peores enemigos, responsables de nuestro envejecimiento, el malo al que placar si queremos la eterna, o al menos, la prolongada juventud; son los responsables del mal funcionamiento de la contractilidad muscular; interfieren en procesos metabólicos fundamentales; y someten al cuerpo a un estado de estrés oxidativo importante. Veneno.
Pero cualquier cosa puede ser veneno en su justa dosis.
Y nos volvimos locos buscando la manera de disminuir estos radicales libres, estas moléculas inestables por tener electrones desapareados, que podían dañar la estructura de nuestras proteínas, de nuestros lípidos, e incluso de. nuestro ADN (lo que nos codifica).
Se dieron cuenta de que durante el ejercicio se generaban radicales libres, y que esto podía estar en relación directa con la fatiga. Pero ojo, que el ejercicio además, estimulaba la producción de sustancias antioxidantes endógenas. El cuerpo, nuestro organismo, que siempre tiende a alcanzar el equilibrio, la homeostasis, generaba sustancias para paliar el exceso de estos radicales libres.
Entrenar es esto: generar una fatiga controlada para conseguir determinadas adaptaciones fisiológicas que tienen su base en cambios celulares y moleculares, para que cuando tengas que responder al mismo estímulo, lo hagas con mayor eficiencia, gastando menos energía, con menos fatiga, con el poder de “detoxificar” antes el medio interno.
Siempre he pensado que si tú intentas compensar algún proceso metabólico con agentes externos (exógenos, en contraposición a los que produce tu organismo, endógenos), de alguna forma le estás diciendo a tu cuerpo que no es necesario que cree esas adaptaciones: “No te molestes, que ya te lo doy yo hecho”. Al final, igual de simple que darle los peces a alguien, o enseñarle a pescar.
De hecho, cuando te pones a revisar la evidencia sobre los resultados obtenidos de dar agentes antioxidantes exógenos (vitamina D, vitamina C, vitamina E, NAC…) te quedas un poco decepcionada. Podrían estar impidiendo que se den las adaptaciones necesarias que esperas conseguir con el entrenamiento, y tal vez, tal vez, solo estaría indicado darlas en algún periodo muy específico en el ciclo de entrenamiento, cuando no queremos que el balance radicales libres/antioxidantes endógenos, se incline demasiado hacia los primeros, produciendo fatiga excesiva y una mayor probabilidad de lesiones.
Pues la final, esto para la élite, donde seguro que tienen acceso a determinaciones bioquímicas en las que identificar un exceso de estrés oxidativo, donde ganan los radicales libres, y saben en que justa medida administrar los antioxidantes exógenos para que se conviertan en aliados y no en enemigos.
Así que, ambos, radicales libres y antioxidantes, pueden tener las dos caras de la moneda, sus pros y sus contras.
Una adecuada alimentación, rica en fruta y vegetales, aporta no solo agentes antioxidantes, sino también otras sustancias que estimularán la producción de antioxidantes por parte de nuestras células. No hay suplemento que mejore una adecuada nutrición.
Una dosificación de fatiga en su justa medida también permitirá una generación de adaptaciones sin sobrepasar la capacidad de nuestro organismo para restablecer el equilibrio.
Me imagino como un tentempié de esos que tienen los niños.
La vida, aprender y entrenar, son estímulos que tienden a desestabilizarte para que posteriormente alcances un equilibrio a un nivel superior.

