298º fragmento -Veranos inquietos: y si no es ahora, cuándo

Claudia, de 6 años, se acerca con una pala de madera que ha perdido todo el barniz que tenía en el momento en que la compramos, ya no recuerdo cuantos veranos atrás, pero es probable que incluso antes de que ella naciera. Me encantan esas palas. Me recuerdan a mi infancia, me transportan a cuando yo jugaba a las palas en las salinas.

La miro, entre la ternura y el hastío. Quiere jugar a las palas, y no le da ni dos golpes seguidos. Intento distraerla, o mandarla a jugar con la hermana, que me mira de forma inquisidora, casi perdonándome la vida, u ocuparla en otra actividad, pero no hay manera.

No llevaré mucho sentada en la silla con el culo casi a ras del suelo, sin hacer nada, solo pensando en que me duele la cadera o el culo, ya ni lo sé, y el pie derecho, no sé por qué extraña razón ahora que descanso.

Me levanto consciente de que me agacharé mil y una vez para recoger la bola del suelo mientras la pitufa de la casa me recrimina que “cómo es posible que no haya llegado a darle”, que me tengo que mover más. Y así una y otra vez. Incansable. Insaciable. No te digo nada si consigue darle dos veces seguidas, que ya se siente profesional y es un bonus de tiempo que alarga esta especie de tortura para mi cintura un rato más.

No se aburre. Lo intenta una y otra vez.

Si estamos en la orilla, me insta para que nos vayamos a la arena seca, por detrás de la sombrilla, porque “mamá, ahí se me da mejor, que en la orilla no puedo”, “Déjame, que yo saco más fuerte”. Y corro una y otra vez detrás de la pelota, intentando sacarla de sitios imposibles, pidiendo disculpas a los que están al lado… y ella, tiene una sonrisa de oreja a oreja, con unos hoyuelos que me vuelven loca, satisfecha por sus progresos, con la melena que dejó de peinarse el mismo día que acabó el colegio invadiendo su cara (no sé cómo ve algo), y su trenza de hilo recién estrenada.

“¿Y si nos metemos con la tabla?” Que el descanso, es cambiar de actividad.

“Hace mucho viento, nos va a llevar la corriente”.

Pero al final me convence, y allá que vamos.

Solo quiere llegar lo más lejos de la orilla para tirarse desde la tabla al mar, sin ningún miedo, o solo el que le produce lo fría que pueda estar el agua en contraste con el sol y el levante que nos achicharra. Se ata al tobillo el velcro, y allá que se lanza para salir un instante después haciendo aspavientos por lo fría que está y buscando la forma de alcanzar la tabla, que empieza a irse hacia el oeste, y subirse de nuevo para repetir la operación. Menos mal que se ató por el pie y solo tiene que tirar de la cuerda.

“¡Mamá, que te sales del canal!”, que aun recuerda cuando el año pasado nos salíamos de la zona de entrada con embarcaciones y venía el socorrista con su silbato a regañarnos, o esperaba pacientemente en la orilla para decirnos que eso no lo podíamos hacer. Como si no lo supiera, pero es que a veces el levante es imposible.

En mi cabeza, cada vez que me pide algo, y no solo en mi cabeza, me sale un “Claudia, ahora no”, para luego pensar “Y si no es ahora, cuándo”. Cuesta vencer la inercia de quedarse sentada, sobre todo si es después de un baño que te ha dejado el cuerpo fresquito debajo de una sombrilla, en posición estable, mientras el airecillo mantiene esa sensación de “no se puede estar mejor”.

Y el caso es que si se puede.

Que una vez vencida la fuerza de la gravedad, desoyendo todo lo que tu cuerpo te grita, se puede estar mejor y tener mayor recompensa.

Y se me pasa un pensamiento por la cabeza que me hace apreciar más cada uno de estos momentos, “esto también pasará”, y echaré de menos que Claudia me saque de mi quietud, o que Martina de repente quiera cocinar “no sé, mami, cualquier cosa, pero quiero cocinar”, o que tenga que agacharme mil veces para recoger la pelotita verde, o que me pida un millón de veces que me bañe con ella, o que Daniela quiera venir a correr a las 8 de la mañana en verano sin importar que día sea…

Llegará un momento en la que solo tendré que levantarme porque yo quiero. Y me entra una tristeza… Y me hace tan feliz darme cuenta…

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