301º fragmento -He renunciado a…

“¿A qué has tenido que renunciar por el matrimonio?”

Desde el otro lado de la barra de un bar doméstico que bien podría ser el de uno de los hoteles lujosos en los que te ponen pulserita all-included, mi tío se dirige a Alejandro después de habernos servido nuestros respectivos refrescos, a las niñas también, y en un instante mi cerebro se pone a escarbar en cómo era mi vida antes de tener hijas, aunque la pregunta no iba dirigida a mí.

Alex y yo tenemos la habilidad de responder en multitud de ocasiones lo mismo. Podría ser fruto de los casi 20 años de convivencia, pero esta circunstancia se dio demasiado precoz como para pensar que se debía al vasto conocimiento que cada uno de nosotros podíamos atesorar del otro, incluso cuando éramos dos casi desconocidos que sin saber por qué decidieron irse a vivir juntos, tener un perro, una cámara de vídeo para inmortalizar momentos cuando aun los móviles iban a pedales, y una wii.

Él responde lo que yo estoy a punto de decir, aunque la pregunta no haya sido para mí, ya lo sé, pero es que no lo puedo evitar, es que me sé la respuesta y no puedo esperar a soltarla, como cuando jugamos a hacerle preguntas de cultura general o de conocimientos de inglés a las niñas y tengo que morderme la lengua para no pisarles la respuesta. La impaciencia me consume.

Él responde, por el matrimonio no sé, por las hijas… ya es otra cosa. Al mismo tiempo estoy diciendo yo que el primer hijo es el que hace que tu vida de un giro radical (por lo menos he aguantado a que él empiece a hablar).

Sin embargo, la palabra renuncia no encaja nada bien en lo que siento. La vida son elecciones que vamos haciendo. Siempre que tiras en una dirección, dejaste de ir en otra, y si no eres capaz de avanzar y cerrar esa puerta, puede que te quedes clavado en un lugar que ya no existe, por lo menos no aquí en esta línea temporal que te tocó o elegiste vivir. Si coges el palo de un extremo, terminarás levantando el otro. Cada elección tiene sus consecuencias. Unas podrás preverlas, la mayoría seguramente no, incluso aunque te lo hayan advertido por activa, pasiva y perifrástica. Algunas cosas hay que vivirlas aunque más tarde resuenen los “te lo dije”s.

Por haber tenido una familia no siento haber renunciado a nada. La vida que habría vivido sin mis hijas no la puedo ni imaginar. Tal vez estaría quejándome de no haber sido madre y estaría martirizándome con todo lo que me he perdido de una vida perfectamente idealizada. Siempre ocurre eso, ¿no?. Tiene que ser un martirio estar deseando continuamente aquello que no tienes y no poder apreciar lo que tienes delante de ti

Sigo teniendo suerte. Las cartas que da la vida me siguen sonriendo y me siento en la obligación de no desaprovecharlas, porque una nunca sabe cuando se va a acabar la buena suerte.

Si me escuchara Alejandro, ya estaría incomodándose por mentar la buena fortuna, algo que le parece tan frágil que no debe ni ser nombrado para que no se rompa. Yo no lo creo.

Yo creo que hay que dar gracias, sentirse agradecido, ser consciente, disfrutarlo, sonreír pensando en ello, y por qué no, comentarlo entre nosotros, que nuestras hijas sean conscientes de lo afortunadas que son. La consciencia de que es así será la que nos haga querer conservarlo, y de este modo, no se irá la suerte. La buena suerte.

La vida es un continuo renunciar a favor de algo que crees mejor.

Aunque tal vez, a veces, la elección sea obligada, y no sea lo que crees mejor para ti, pero si para aquellos que amas. Al fin y al cabo cada uno somos nosotros y aquellos a los que queremos.

Deja un comentario