Cuando ya veía la muerte como algo inminente, segando su vida de forma prematura, dicen, que se dio cuenta de lo que realmente tenía valor, y no era nada por lo que había estado luchando toda su vida, ni si quiera por la recompensa monetaria de sus éxitos, dinero que no podría gastar ni en mil vidas.
Es curioso que esto se repita con bastante frecuencia, a excepción del abuelo del adolescente en la película “El hijo”. Aunque este seguramente creía que sería inmortal.
Ganar dinero, más dinero, está supravalorado.
Meterte en la rueda en la que todo el mundo espera que alcances el máximo esperable, sobre todo aquellos que creen conocerte, es más fácil que salirte de ella.
Alcanzar el equilibrio en un mundo materialista, donde lucir coche, casa, fotos de viajes por instagram, de conciertos, de espectáculos inalcanzables, y de ropas de marca es lo que prima, es la tarea más difícil a la que hay que enfrentarse. Encontrar el verdadero significado de vivir feliz, de ser felices, por mucho que lo leamos en sobrecitos de azúcar, publicaciones en facebook, o tazas de misterwonderfull, está al alcance de muy pocos, incluso aunque esas frases nos hayan impresionado tanto que las hemos compartido en nuestro muro con una fe ciega.
Y es que una cosa es la teoría, y otra la práctica.
Y todos sabemos lo que es mejor, pero nadie lo practica.
Y lo que otros lo vieron en su lecho de muerte, yo lo vi en el transcurrir de mi vida, sin una muerte cercana (al menos que yo sepa por ahora).
También leí sobre el tiempo de calidad con los hijos. Me pareció una chorrada.
Estar.
Me gusta estar.
Me gusta que si mi hija está en su habitación investigando sobre un tema y se le ocurre preguntarme, sea yo la que pueda responderle.
Quiero llevarlas al colegio y poderlas recoger aunque solo sea una vez en semana y ver la cara de satisfacción corriendo hacia mí para segundos después dejar caer su mochila en mis pies para aprovechar los minutos que quedan para que salga la hermana jugando en el patio.
Adoro acompañarlas a competiciones, aunque sea todos y cada uno de los fines de semana de varios meses seguidos. Estar en la grada cuando vuelva la vista porque hizo una salvada impresionante, o falló un golpe demasiado fácil. Quiero estar en la recta final de la carrera que tal vez pierda, para consolarla, o tal vez gane, para abrazarla y levantarla en volandas.
Quiero estar. No solo quiero tiempo de calidad. Quiero tiempo de risas, de peleas, de pesadez y de entusiasmo, de enfados y sorpresa, de aburrimiento, de ver películas juntos y leer mano a mano. Que me cuenten, que les cuente. Que les pida que apaguen la televisión cuando comemos y lo hagan porque solo así podremos mirarnos a las caras mientras surgen temas que ni habíamos pensado.
Quiero entrenar con ellas, que me vean estudiar, que sepan de mis preocupaciones en el trabajo.
Quiero no tener a nadie que tenga que limpiar nuestra casa porque somos capaces de hacerlo en familia, renegando por la pesadez de hacerlo, o con música y a lo loco porque, ya que hay que hacerlo, que merezca la pena el tiempo empleado.
Las cosas importantes son las que nos hacen felices. Hay que ser felices con las cosas que realmente son importantes.
Quiero estar.
Quiero el equilibrio.

