Vivo, sin querer, esperando con temor ese momento.
En mi cabeza, siempre ha habido un motivo por el que seguir entrenando a un nivel que me permita competir al máximo, con un cuerpo que cada año probablemente exija un poco menos de ahínco por parte de la directora de orquesta que es mi mente.
Al principio fue por satisfacción personal, porque caminar con objetivos me ayuda a ser más disciplinada, y porque mantenerme en forma es más divertido cuando hay retos de por medio, cuando de alguna forma puedes medir objetivamente el progreso. Poco a poco la cosa se fue haciendo más seria, porque veía que era capaz de más, y mi cuerpo seguía respondiendo, y porque entraron en juego los compromisos externos, no solo aquellos con una misma.
Es difícil encajar un entrenamiento diario intenso en una vida de familia numerosa y trabajo que a veces puede llegar a ser todo lo acaparador y estresante que tú decidas. Y la dificultad, el grado de la misma, no es siempre la misma, sino que va cambiando obedeciendo a la interacción de tantos estímulos cómo puedas imaginar en un día a día tan ocupado como el de cualquiera.
Nada es estático.
Mi determinación tampoco.
Aunque ésta, cuando veo que empieza a fallar, soy capaz de mantenerla durante un tiempo en automático hasta que de nuevo vuelva a tener sentido.
Pero el automático es solo un modo de stand by, suficiente para caminar, para hacer parecer que todo sigue su camino, y para que solo el que está en esa luz roja fija se de cuenta de que no está poniendo toda la carne en el asador.
Los resultados extraordinarios requieren de acciones y comportamientos en consonancia.
Nunca dejarse ir fue suficiente para ser feliz y vivir con intensidad, por lo menos para mí, pero a veces resulta tan necesario.
Es algo así como poner las baterías en recarga.
Las pilas están casi recargadas después del periodo de reposo que ha supuesto el verano, y un poco antes de este, cuando empecé a dudar de mis cualidades, de mi determinación, y de la capacidad de mis músculos, ligamentos, tendones y corazón para seguirme en el objetivo que me planteo para esta próxima temporada. Mi mente falló.
Dudé porque todo me dolía, porque el progresivo era un bocado en el glúteo y las series un pie derecho casi inútil. Y la duda me hizo más débil y menos capaz.
Y viví pensando que ya se había acabado, como si de repente, sin haber iniciado la pendiente de descenso, hubiera llegado a un precipicio que me hiciera caer de golpe.
Y lo pensé hasta hace poco.
En lo más profundo sentía que esta “mala racha” acabaría, y que no pasaría del todo a la nada. Esto no acaba así.
He decidido vivir sin ese temor a no ser capaz de, y pensar más bien que soy capaz de todo lo que me proponga.
El todo será lo que consiga disfrutando haciendo lo que hago, sin preguntarme nada más.
Vamos.

