307º fragmento -Para pensar en negativo, ni pienses: hazlo

Llevo una semana de desánimo y hacer como el que se deja ir, llevada por la inercia de lo que debe ser.

Mi tercer covid, o cuarto, porque ya perdí la cuenta, me dejó de regalo un cansancio de mentira, una cabeza sumergida donde los sonidos parecen llegar desde muy lejos a mis oídos, un picor nasal que me hace estornudar, y una garganta que parece haber duplicado su oquedad, donde el aire se calienta demasiado, y araña las paredes en cada inspiración.

Me estaba costando todo. El “inicio de curso” es tan apabullante que los días transcurren sin apenas solución de continuidad haciendo que me pierda en la semana y en el paso de las mismas. Me estaba costando todo: poner orden, priorizar, sentarme y decidir, entrenar, pensar que todo tiene un sentido y que la emoción está a la vuelta de la esquina. Y el covid, lo remató.

En parte lo viví como un descanso obligado que me vino hasta bien. Un paréntesis donde la fiebre era suficiente excusa para permanecer tumbada en la cama, inhabilitada para cualquier tarea pendiente, incluso para pensar. Pero la fiebre se fue, y el malestar se fue alargando, pero ya no fue suficiente para posponer ni justificar mi falta de ilusión.

Esta semana ni tenía entrenamiento programado.

Desde el miércoles de la semana anterior, que mi cuerpo se negó a dar un paso más, descansé cuatro días.

El quinto ya me pareció demasiado para permanecer inactiva y corrí a pesar de que el cuerpo me pedía cama. “30 minutos, a ver qué tal vas, y ya vamos viendo”. Mientras, el resto del grupo iniciaba el entrenamiento programado para la semana.

Treinta minutos concentrada en correr como me pidiera el cuerpo, y el cuerpo me pidió más de lo que mi mente había esperado. Más de 7 km a 4.11 por kilómetro. Ni tan mal.

Martes de interval-fartleck suave que no pude comparar con nada, pero que me hizo estirar zancada.

Miércoles de descanso obligado por trabajar todo el día. Los pensamientos negativos volvieron a copar mi cabeza. Tal vez este año ya no sirva, o ya se me ha acabado el chollo, o la edad no perdona, o tal vez…

Jueves de mañana de verano y unos cambios de ritmo que simulan un interval de 12x 200 pero sin distancias exactas medidas, ni zapatillas ligeras, ni exigencia, ni nada… dejándome llevar.

El viernes me transformo en la compañera de entrenamiento de mi hija Daniela. Dejo de pensar, porque pienso, que si lo pienso, no lo hago. Así que mejor echo a correr y que salga lo que sea. Que mi mente se hizo enemiga y así de poco me vale. Mejor que mire para otra parte, que mi cuerpo se desdoble y deje de estar unido a mi cerebro.

Hoy, viernes, nos esperaban 2 km-1 km- 400 m recuperando 3 minutos. He decidido hacerlo con mis Brooks Glicerine, que son ideales para que no me duela el pie. Aunque pesen, aunque no sean rápidas, aunque tenga que hacer el 400 por pista.

“Mamá, tira tú el primer kilómetro”. Y mi mente vuelve a jugármela: como tires al ritmo que tiene que ir la niña, no acabas el entreno. Y le hago una burla al pepito grillo que me está hablando y salgo delante, con la certeza de que lo acabaré.

6.52, 3.18, 1.08. Ni tan mal.

Mis malos pensamientos se desvanecen como por arte de magia. Mi cuerpo, ganó una batalla importante, una que necesitaba, y no solo para seguir entrenando, sino para darle una patada en el culo a todos los pensamientos parásito.

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