Una de las cosas a tener en cuenta si nunca en tu vida has tratado de cuidar tu cuerpo con anterioridad, es que cuando comiences a hacerlo, las mejoras que se produzcan serán tan evidentes, que no sabrás por qué no comenzaste antes a hacerlo.
Como si los músculos estuvieran ávidos de ser llamados para aquello para lo que sirven, se ponen en seguida manos a la obra para ofrecerte todas las adaptaciones necesarias para que seas capaz de hacer ese poquito de más que les exiges porque decidiste pasar de la quietud al movimiento.
Por eso, no tengas prisa. Si nunca les has pedido nada, basta con una mínima exigencia para que quieran colaborar. Pero no los aturulles, déjales su tiempo para que el estímulo no sobrepase a la capacidad que en ese momento tu sistema locomotor tiene para enfrentarse a nuevos retos.
Hacer ejercicio es poner tu cuerpo a prueba, y el ejercicio físico necesario, será distinto para cada uno de nosotros.
Si apenas puedes levantarte de una silla sin ayuda, deberás empezar por este gesto, utilizando solamente el peso del cuerpo, sin empezar a echarte kilos a la espalda. Si no puedes correr, deberás empezar a ir andando más deprisa hasta que el cuerpo te pida empezar a trotar aunque sean cortos periodos de tiempo.
Aurora me pide una tabla de ejercicios.
Mª Carmen quiere otra.
Estoy pensando en grabar vídeos con algunos ejercicios explicativos para adquirir algo de tono en brazos, tronco y piernas. Algo sencillo, que no ocupe más de 20 minutos, que Aurora o Mª Carmen se puedan poner en el móvil y seguirme durante unos minutos hasta que sean capaces de llevar ellas solas la rutina.
Es imposible prescribir ejercicio en general, porque cada uno tiene sus circunstancias y su punto de partida.
Por eso resulta más sencillo animar a la gente a que realice movimientos que puedan integrar en su día a día, que formen parte de su movilidad habitual, que intenten mejorar aquello para lo que perdieron destrezas de forma prematura: sentarse y levantarse de una silla, subir escaleras, subir y bajar un escalón de forma alterna, buscar una cuesta y subirla unas cuantas veces… siempre tratando de llevar a tu cuerpo a un nivel de estrés ligeramente superior pero sin llegar a la extenuación. Las exigencias, conforme nos vayamos adaptando, deberán ser mayores, pero poco a poco, evitando tener las molestas agujetas que te hacen querer permanecer inmóvil.
Realizar ejercicio engancha cuando ves resultados, pero para ello hay que ser constante. Disciplinado.
Nos hemos adaptado tan poco a poco a dejar de hacer cosas que no deberían costarnos, que resulta difícil revertir el resultado de tanto movimiento autolimitado.
El resultado son cuerpos que se malforman con troncos y espaldas que apenas pueden mantener la posición erguida en la década de los 40, calambres musculares, dolores cervicales, rodillas artrósicas a destiempo, falta de coordinación, tendencia a la caída y menos posibilidad de salir airoso de un tropezón.
Estamos decidiendo ahora como queremos que sea nuestra vida. Probablemente en la madurez pase desapercibido que nuestro estado físico es paupérrimo salvo que sometamos a nuestro cuerpo a una pachanga de fútbol, a una carrera popular, o a subir a la séptima planta del hospital por las escaleras. Pero la vejez, puede ser tan distinta para ti y para quien te rodea…
La diferencia es tan grande como seguir disfrutando de la vida, o vivir deseando que se acabe esa vida. Porque al final, con los fármacos conseguimos prolongar la vida, pero a nadie le importó de qué calidad fuera la misma.
Puedo correr, bastante rápido, puedo subir hasta la séptima planta de mi hospital desde la menos 1 por las escaleras sin demasiado esfuerzo, puedo tirarme de cabeza desde la tabla de padle surf, puedo bucear hasta el fondo para coger arena, nadar hasta la boya, subirme a un árbol, correr cuesta arriba, saltar… y no quiero dejar de hacerlo. Por mí no quedará. Es más, pienso hacer más cosas.

