327º fragmento -El sombrerero loco: ¿cómo iba a decirle que no?

Si cuando ya no queda ni un hueco, te cambian los planes, comienzan los juegos del hambre.

La semana estaba prevista para estar tranquilas en casa. Bueno, tranquilas no, pero al menos en casa sí.

Jornada de trabajo de mañana toda la semana, dos tardes de endoscopias, un disfraz que preparar porque la creatividad de Martina salpica a todo el que esté a su alcance, y dando gracias porque la mayor se me hace autosuficiente, y la chica ya ha elegido un disfraz del canasto desordenado de mimbre donde van a para todos aquellos que un día fueron utilizados por sus hermanas.

De sombrerero loco, mamá. A ver cómo podemos hacer el sombrero, que no quiero que lo compremos, quiero que lo hagamos, ¿vale? Y, ¿cómo le digo que no?, si la semana es tranquila.

La semana dejó de ser tranquila en el mismo momento en que salimos en las listas del 1500 del campeonato de España Absoluto. Algo histórico, que no se ha dado en 60 años del campeonato. Una distancia de 31 años entre la madre, atleta master, y la hija, atleta en ciernes. ¿Cómo decir que no? Si era único e irrepetible.

Conseguí aplazar una de las tardes gracias a que Álvaro hizo una más de las que le tocaba. Necesitaba esa tarde. Dos visitas al chino para comprar aquello que a Martina se le iba ocurriendo para hacer el sombrero y aprovechar ropa, calcetines, plumas… y demás cosas que íbamos encontrando para fabricar un disfraz único e irrepetible.

Mi creatividad, que también creo que la tengo, se topa continuamente con mi falta de tiempo, pero cuando este se echa encima, y no hay más remedio… pues parece funcionar al 200%.

Hemos comprado una chistera de mentira, cartulina, un fular, algunos alfileres, pegamento, silicona… recogido hojas del suelo, usado alfileres de bodas antiguas, un pendiente que no usaba, un pilla corbatas de alguna boda…

Llegaba yo de entrenar a casa de mi madre, donde Martina estaba para que su abuela le cosiera unos trozos de tela de encaje en los puños de una chaqueta-vestido que ya dejé de ponerme, y unos botones a un chaleco viejo que hemos encontrado. Estaba llorando como Doraimon. No encontraba la manera de hacer el sombrero. Imposible mamá, esto es imposible. Yo llegaba de entrenar mis ritmos de carrera, con más ganas de tumbarme que de crear.

Pero su llanto fue mi inspiración. Claro que se puede, solo hay que buscar la manera. Ella me vuelve a gritar que no, que no hay tiempo. Estamos a dos días y mañana trabajo de ocho a ocho y tengo que sacar un rato para rodar.

Se me ocurre cómo hacerlo, se lo explico, y comienzan a desaparecer las lágrimas. Recogemos todo lo que tenemos a medio hacer y nos vamos a casa con dos bolsas llenas del proyecto de disfraz. Mi madre se queda con el chaleco, cosiéndole los botones.

Entramos en casa. Ducharse. Repasar examen. Preparar la cena. Acostarlas. Ducharme.

Son casi las once y aún no he cenado.

Después. Muerta de sueño, fabrico el esqueleto del sombrero y preparo los adornos para que ella los vaya colocando al día siguiente mientras yo paso la mitad del día en consulta y la otra mitad en endoscopias. Y 40 minutos de rodaje suave, estiramientos y rectas.

A casa. Descuajeringada. Rota. Al día siguiente nos vamos a Ourense.

En el sombrero se ha avanzado poco, pero es lo único que queda, y veo tan claro como acabarlo, que no me desespera. Eso sí, ha pintado con acrílico dorado un montón de hojas que ha encontrado y que no sé si se secarán ni cómo conseguir que permanezcan en el sombrero.

Hoy ya estamos de vuelta de Ourense. Martina ya tuvo su fiesta de disfraces y su partido de vóley. Lució su sombrero como una obra de arte.

Ya me está preparando la siguiente. Cumple años este jueves. Quiere un mandil personificado y trastos de cocina, para hacer repostería.

Bendito sea.

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