Antes de este instante en el que me encuentro rebasando las vallas que separan las gradas de los alrededores del tartán, habré pensado en correr, a pesar de todo, unas 5 veces, todas ellas precedidas de “no puedo correr ni de coña” después de llevar tres días con febrícula y síntomas varios que recuerdan a una gripe que mi cuerpo intenta decapitar para que no sea florida.
Ahora estoy con el corazón que se me sale del pecho. Peor que si fuera yo la que se estuviera colocando por detrás de la línea de salida.
Me gusta observarla ahora, cuando se ha agachado a 50 metros de la salida, colocándose las zapatillas por última vez, concentrada en lo que quiere hacer, mirando a la salida/meta como si estuviera visualizando la carrera. Se nota en su actitud que hoy lo tiene todo pensado, y que confía.
Yo confío en ella.
Se lo he dicho. Del 500 al 600 solo piensa en empujar a pesar de todo, aunque tu cerebro te pida que aflojes. Cuando pases el 600 ya solo quedaran menos de 200 metros, y eso no es nada. Cualquier entrenamiento de series es peor que eso.
Hace poco más de 20 minutos bajaba a verla a la zona de calentamiento antes de que pasara a cámara de llamadas. De repente, no hay liebre (o pacer) en la serie. Ella creía que sí hasta ese instante. La idea es que las pasaran a un ritmo aproximado de 1:05-1:05 el primer 400, pero eso no va a suceder, y ella y Aitana entran en pánico, bueno, tampoco para tanto, pero se arma un pequeño drama porque “cómo puede ser que no haya liebre”, si ellas son las que mejor tiempo tienen… y entran en un cruce de quejas que no las va a llevar a ninguna parte a menos de 20 minutos de la carrera.
No queda otra. Han venido porque sienten que pueden hacer marca, porque tienen ganas de correr y demostrar lo que han entrenado y lo que pueden hacer. Quedan entre ellas para ayudarse a tirar a pesar de que sus cuerpos se quejen. Se echan a suertes, a pares-nones, quien tirará en primer lugar hasta el primer 350. Luego, la otra la pasará para intentar aguantar ese ritmo todo lo que pueda. Trabajo en equipo.
Ha salido tirando Aitana y han pasado al ritmo que querían, 1:05.4. Daniela la ha adelantado para seguir empujando y ha aguantado todo lo que ha podido para no ceder su posición, pero finalmente Aitana se impone en los últimos metros, cuando el lactato hace más mella en las piernas de Daniela.
Mario ha visto la carrera por streaming y le dice a Daniela que no tenía que haber tirado tan pronto.
No siempre el objetivo es ganar. O más bien, ganar no siempre se consigue solamente siendo la primera de la carrera.
Daniela ha quedado segunda y ha ganado, y nada puede expresarlo mejor que su publicación en Instagram: le cambiaron los planes y se sobrepuso en menos de 15 minutos a no tener liebre y al adelanto en el horario de la carrera.
Ambas supieron cambiar el chip y trabajar en equipo con compromiso y concentradas. Y tuvieron su premio. Ambas consiguieron la marca que se habían propuesto, y además, Daniela, se hizo con el récord andaluz de 800 m sub18 de short track.
Desde la barrera yo grité lo que me dejó mi garganta para empujarla un poco más a su recompensa. Desde ese mismo sitio, me emocioné viéndolas correr, y no solo por la marca que hicieron, sino por cómo la hicieron. Desde esa salida de la última curva yo volví a desear haber estado corriendo, que mi cuerpo no hubiera cedido al ataque de los virus que hasta hace poco había estado esquivando.
Estuvo bien haber tomado la decisión final de ser madre espectadora a pesar de mi habitual indecisión. Si hubiera corrido habría sido horrible. Lo sé, porque volviendo de Antequera para llegar a las 1 de la mañana a Almería llena de felicidad, descender el Puerto de la Mora fue una absoluta tortura para mis oídos, que inundados de mocos, se negaron a compensar el cambio de presión.
Ya queda menos para estar bien, físicamente, me refiero, porque emocionalmente, estoy, como diría mi hija Daniela, en mi “prime”.
Bueno, siempre hay algo que podría estar mejor. La cuestión es, trabajar por ello.

