Martina nunca quiso correr.
Tal vez lo hacía por la inercia de ser la hermana de Daniela, que nació corriendo, sin necesidad de que nadie le hablara de técnica de carrera ni de nada más. La veías corriendo con tres años y sabías que iba a seguir corriendo.
Martina corría y sufría corriendo, y no entendía por qué tenía que hacer tal tontería.
Tampoco entendía mucho eso de tener que hacer deporte, con lo bien que estaba ella en el sofá viendo dibujos, series o películas en sesión continua. Y sin embargo, su madre se empeñaba en que todos los días había que hacer algo de deporte y, además, le restringía la ingesta de chocolate y la obligaba a tomar fruta.
El cuerpo de Martina siempre pareció pesar una tonelada, a pesar de que, conforme dejó de ser bebé, “perdió sus redondeces y se estiró para arenquizarse como su madre” (palabras textuales de mi amiga Mª Carmen). A pesar de ello, parecía que le costaba la misma vida trasladarlo simplemente andando, para que decir de salir corriendo.
Y sin embargo, su madre, creyente absoluta en que la vida es movimiento, no tiraba la toalla e iba buscando junto a su padre el mejor deporte para ella, ese que de alguna manera consiguiera enamorarla y hacerla feliz a pesar de no estar tumbada.
Martina un día me preguntó: “¿Por qué en esta familia hay que hacer tanto deporte?”. No en broma. Enfadada, mientras se levantaba resoplando para acudir al lugar de la actividad de turno. A mí solo se me ocurrió decirle que era lo que le había tocado, y que tenía mucha suerte por ello. Que mira que me estaba costando conseguir que ella hiciera algo, pero a cabezona, en eso, no me ganaba nadie.
Esa era la respuesta rápida. La de cuando no hay tiempo y no necesitas que te lo explique. Porque sí, y punto.
Luego, más adelante, o casi continuamente como si se tratara de un mantra, le explicaba una y otra vez la importancia de los estudios, de saber inglés, de comer bien y hacer deporte. Las tres cosas al mismo nivel. No había posibilidad de renuncia para ninguna de ellas. Solo teníamos que encontrar cual era su lugar, de qué forma quería moverse.
Natación, atletismo, pádel, tenis, gimnasia y vóley. Eso es lo que ha probado. Y a probar, no me refiero con ir un día. Cuando se empezaba algo, mínimo un año, o una temporada, que diera tiempo a saber si realmente le gustaba, o todo lo contrario.
Martina ha seguido en atletismo desde que empezó con poco más de 3 años. En este deporte ocurre algo maravilloso, y es que tienes disciplinas para todos los gustos: correr largo, corto, con vallas o sin ellas. Saltar hacia arriba o hacia delante, lanzar diversos artefactos, saltar con una pértiga… o todo eso junto.
Martina nunca quiso correr. Sufría y se cansaba mucho. “Es que no lo entiendes mamá, no me gusta, lo paso mal”.
Hizo vallas, disco y velocidad, pero sin mucho ánimo. Yo estaba convencida de que ella seguía a pesar de todo por sus amigos y por el entorno de juego y de colegueo, por el rato en el estadio, por las competiciones por clubes…
“Quiero hacer pértiga”. Creí que era broma. No había imaginado yo a Martina haciendo pértiga, ni siquiera queriendo hacerla. Lo oí pero hice poco caso. Pasaron unos meses. “Que ya te he dicho que lo que quiero hacer es pértiga”.
Está entrenando pértiga gracias a Almudena, que queda con ella al menos un día en semana para hacer entrenamiento más dirigido a esta especialidad que me da miedo, a pesar de haber sido hermana de un pertiguista. Dos días si pueden.
Y está tan feliz con esto…
Encontró cómo quiere moverse (además de jugando al vóley). Y no tengo ni idea de cómo le irá, ni si valdrá para ello, ni si continuará… pero es ahora, con casi trece años, cuando la veo que da igual lo cansada que esté y las cosas que tenga que hacer, siempre está esperando poder ir para entrenar con la pértiga que aun no tiene, con la que le prestan. Y para eso, hace ejercicios de fuerza en casa por su cuenta para poder progresar. Para eso, no tiene pereza.
Para eso, su cuerpo se mueve liviano como una pluma, deja de pesarle, y deja de poner excusas.

