371ª fragmento -El dolor mental, fue físico (¿qué pasó con la tristeza de Martina?)

Hemos subido por las escaleras hasta el quinto piso con la pértiga bien sujeta, dejándola colgada por el tiro de escaleras mientras avanzamos subiendo los escalones con toda la emoción de quien va a dar una sorpresa. Solo quiero ver su cara.

El fin de semana me ha recargado de todo. De energía, de ilusión, de felicidad, de bienestar, de paz… de ganas.

El momento exacto del cambio permanece apuntado en la primera hoja de la libreta que empecé el 18 de mayo, aunque un poco antes ya me hubiera planteado que algo debía cambiar.

Mi cuerpo se había transformado en una queja constante y con origen en cualquier recoveco del mismo. Una mañana era el tendón de Aquiles, la siguiente el glúteo, el cuello, el sóleo, la planta del pie… todas las terminaciones nerviosas se habían puesto de acuerdo para amargarme cada uno de los días, y la percepción dolorosa parecía exacerbada por motivos ajenos a músculos y tendones o ligamentos, incluso a la edad. La tristeza, la incertidumbre, la preocupación, y las horas de sueño quitadas o tan ligeras que parecieron inexistentes, habían socavado prácticamente todo en mí, menos mi disciplina. A pesar de todo.

Casi cuatro meses dejando a Martina en el instituto llorando, a veces perdiendo la paciencia, otras cediendo porque ya no podía más. Cuatro meses que ahora parecen poco, pero que se me hicieron una eternidad, un día tras otro, preguntando hasta cuado.

Hace dos meses exactos la encontré llorando de madrugada cuando me desperté y fui a la cocina para beber agua. Había olvidado la botella que siempre suelo dejar al lado de la mesita. Era viernes. Al día siguiente ella tenía un torneo de vóley.

Una noche demasiado larga e íntima para contarla, donde poco a poco nos fuimos deshaciendo de sus demonios, de ideas confusas de una adolescencia incipiente, de miedos inexistentes, de pérdida de fe en amigas y de descubrimiento de la verdad. Nos fuimos liberando, hora tras hora, de todo aquello que la tenía atenazada y no le dejaba mirar más allá de sus pies, ni sonreír, ni mantenerse erguida, ni disfrutar de nada… Una felicidad reconocida solo en pequeños flashes que no conseguían mantenerla a flote hundiéndose de nuevo en su tristeza. Y yo, con ella.

A las 4.30 h de la mañana, a menos de 5 horas del primer partido de vóley, estábamos las dos llorando y riendo abrazadas en la cama. En seguida cayó en un sueño profundo, libre de toda pena, pero exhausta.

Ese fue el principio del fin de la oscuridad. El suyo, y el mío. También el de su padre, de sus hermanas, de sus abuelos… y de todos los que la queremos.

Fuimos a ver a Alma unas dos semanas después. Ella no quería, porque ya se sentía espléndida y necesitaba ir a entrenar pértiga. De un plumazo había echado a Martina la triste y había recuperado a la que tiene ganas de comerse y disfrutar del mundo. “Iremos para cerrar esta etapa y para darle las gracias” Ella aceptó. Alma fue la que inicio el fin de todas sus preocupaciones metiendo el dedo en la llaga. No puedo estar más agradecida.

Finalmente toco al timbre y escondo la pértiga como puedo detrás de mí, mientras Alex graba la escena. Abre mi madre y aparece Claudia. Martina, un poco más retrasada, empieza a fijarse en lo que viene detrás de mí. No sabe qué decir. Ríe con vergüenza diciendo: “una pértiga, una Spirit®…”

Mi cambio también empezó ahí. Mis receptores del dolor parecieron ausentarse. Lo hicieron poco a poco, de forma sigilosa. Solo logro saber cuando ocurrió porque está apuntado en esa libreta que empecé el día 18 de mayo. De forma retroactiva queda escrito el día 11 de mayo: “Buena semana. Molestias leves en la planta del pie. Nada en glúteo. Desapareciendo las del Aquiles”. Seguimos.

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