372º fragmento- Con propósito

Durante un tiempo lo olvidé. Olvidé casi todo lo que tenía que ver conmigo y continué por inercia, en piloto automático con lo mío, mientras lo demás era mi centro.

Seguí moviéndome, para eso sirve la inercia que llevo desde que, hace casi 8 años ya, volví a calzarme los clavos. Llevo más tiempo haciendo atletismo en categoría máster, que el tiempo que estuve haciéndolo de niña, adolescente y adulta joven, y sin embargo, esa etapa, la pasada, se dilata en la línea temporal como si hubiera ocupado mucho más que ésta de aficionada tardía.

El tiempo, de niña, pasa más despacio.

Los veranos se hacen eternos para hacerte desear volver al colegio o al instituto y reencontrarte con tus amigos. O volver a entrenar, a la pista, a la rutina de las tardes en el tartán. Me encanta recordar esos días. Parecen de verano eterno, como si las horas en la escuela no hubieran existido, ni los inviernos tampoco.

El propósito se desvaneció y casi encontré un poco absurdo seguir entrenando con la intensidad que ahora me apasiona. Ahora de hoy, de estos últimos casi dos meses.

Me encanta correr. Empujar la pista en un 1000, cuando sopla el viento en contra y estoy yo sola por la calle uno… es algo que no puedo describir. Me hace sentir poderosa y puedo conseguir llevarme ese poder para el resto de mi vida. Me siento fuerte y capaz, desafiando el paso del tiempo, inundada de endorfinas y todas las -inas que se encargan de mi bienestar. Primero llega el cansancio, el mareo, se cierran los ojos, casi no puedo andar sin que me pinchen las piernas, sobre todo la derecha, que se empeña en acumular más ácido que el resto del cuerpo tras el 1000, el 400 y el 200. Vuelvo andando hacia la mochila, con las zapatillas de clavos en las manos. Deseando beber agua. Feliz por haberlo conseguido.

Ahora que no queda objetivo a corto plazo, ni apenas competiciones (tal vez ninguna), ahora entreno con propósito, con ese que hace unos meses no tenía y hacía que el tiempo entrenando con inercia sirviera para mantener mis músculos y mi corazón a pesar de todo, aunque solo fuera a un nivel que aunque lejos de dejarme satisfecha, era suficiente para seguir en la superficie. Nadando.

El propósito va más allá de ir a entrenar y de la disciplina de hacerlo a diario.

El propósito, para mí, tiene que ver con ser consiente de que cada vez que entreno lo hago por un motivo y con una conciencia de estar haciéndolo. De ser valiente al salir en las series que me dan más miedo, de llevar el control de los pasos, de fijarme en que la mano derecha no se abra demasiado, y notar la intensidad con la que voy empujando el tartán. Ese es el propósito de ese entrenamiento, el de ese día.

Pero antes de ese, está el propósito global, o el general, ese que que despeja cualquier nube gris que quiera quedarse para que te hagas preguntas que carecen de sentido en los momentos en los que la fe se pierde.

Porque yo, no corro para contentar a nadie. Corro por mí, porque me hace conectar conmigo, porque es parte de lo que soy. Lo hago con esta intensidad porque aun puedo, porque es un reto, un desafío contra el paso del tiempo.

Porque disfruto.

Porque espero que los ratos de inercia sean cortos, y los ratos de alinear cabeza, corazón y cuerpo sigan siendo los ganadores.

Entreno con sentido. Corro con intención. Sigo porque quiero.

Pues así, con todo. Si lo haces, que sea con propósito.

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