En este último 800 m que hemos corrido Daniela y yo en Antequera, Daniela debió de sufrir un desdoblamiento.
Habíamos revisado la lista de participantes, y al menos tres de ellas pensábamos que estarían en mejor forma que nosotras y que podríamos engancharnos para ver de lo que éramos capaces.
Salir de Almería un poco antes de las 8 de la mañana para llegar a Antequera con la antelación suficiente para tomar un café y empezar a calentar no es que siente muy bien, pero las ganas de competir y empezar a ver el resultado de los entrenamientos es una droga a la que es difícil renunciar. Esta vez, llevábamos al mister de chófer, que la pequeña de la casa tenía que jugar unos cuatro partidos de vóley esa misma mañana, y tocaba empezar a dividir a la familia para llegar a todo.
Yo decidí cambiar de ritmo a falta de algo más de 200 metros, poco más una vuelta en la pista cubierta. Sentía que íbamos demasiado lentas y no quería llegar a la curva estando detrás. No tenía ni idea de por dónde venía Daniela, me imaginaba que detrás de mí, pero con la contractura del trapecio, imposible mirar atrás (cosas de la edad y de ser endoscopista a tiempo completo).
“Mira mi madre, como ha cambiado el ritmo, como corre la tía con lo mayor que es” Eso dice que pensó ella cuando me vio desde atrás, como si fuera una espectadora más de una carrera ajena a ella en la que correr “de chill”, como ahora dicen estos adolescentes (o algo por el estilo), había sustituido al inevitable lactato que te alcanza cuando vas a hierro. “Luego la pillo”, pensó seguidamente.
Es increíble la de cosas que te dan tiempo a pensar en poco más de 2 minutos.
Fue raro. No hubo sensación de lactato a pesar de no haber tampoco Maurten Bicarb System. Demasiado lento el primer 400.
Perdí el primer puesto en el último 100. Entré dos décimas antes de Daniela y codo a codo con María, una de mis personas y atleta favorita. La niña sin ojos.
Nos miramos en la meta, Daniela y yo, con mirada cómplice, y pensamos que qué rabia, que podría ser una oportunidad desperdiciada por haber corrido en 1:08 y 1:06, en negativo, sin lactato. Un 800 raro. Así no sale la marca.
Qué rabia.
Pero qué bien.
Porque muchas veces, las marcas no reflejan las sensaciones. La marca obedece a demasiados factores internos y externos que se unen para que sea un día perfecto, o casi perfecto, o normal, o un desastre como el fin de semana pasado en el 1500 donde ya en el primer 400 me faltaba el aire y en el último 600 solo pensaba en cómo iba a llegar a meta.
Salvo por la contractura del trapecio derecho que arrastro hace ya unas 3 semanas, mezcla de endoscopista, de pesas y de falta de tiempo para ir al fisio a que me resetee, no me dolía nada. Me sentí con potencia. En el momento en que empujaba la pista no tuve consciencia ni por un segundo de que el medio siglo acecha a la vuelta de la esquina y fui consciente de la suerte que tengo de poder seguir haciendo algo que me hace sentir tan libre y tan capaz en el resto de facetas de mi vida.
Esta semana, que toca descarga, que bajamos un poco el ritmo, se me hace demasiado suave. Coincide con un viento horroroso que no para de soplar y que amenaza con ir a más y acompañarse de lluvia.
El fin de semana que viene, una nueva oportunidad, como dice María, con más ganas e ilusión si cabe.
También habrá trabajo, curso en Marbella y entrenamientos adaptados al clima y al cansancio.
Leí que la felicidad era estar a gusto con la vida que una tiene. Cierto. La felicidad se va forjando poquito a poco, pasando por altibajos, encontrando épocas de remanso que desearías que duraran siempre.
La felicidad es desear que nada cambie, o que cambien poco, porque todo es tan perfecto…

