Gracias a Pepito Jiménez (fotógrafo deportivo) por la foto de esta entrada.
Mientras estaba sentada en ese incómodo sillón de salón de actos pasado de moda en mi cuarta sesión de Congreso Español Biliopancreático, prestando toda mi atención restante a esos tumores neuroendocrinos que ya no son tan raros… me acordé de la impotencia con la que una semana antes me hablaba Daniela cuando sentía que no llegaba al entrenamiento que le había marcado Roberto y me echaba en cara que me hubiera animado de más en el último bloque de 400-200-100 con el descanso justo para que te fastidiara tener que parar para volver a empezar.
Es un año duro.
Segundo de bachillerato, cuando tienes unas expectativas tan altas como las suyas, puede resultar agotador. “Seis horas seguidas todos los días con todos sus sentidos puestos en lo que explican en clase para minimizar el tiempo de estudio que tengo que echar en casa y así poder entrenar. Y sin embargo, ni si quiera así encuentro un rato para la siesta” Me lo decía entre lágrimas, como si de repente se hubiera abierto la válvula de la olla presión en la que se había transformado todo su cuerpo.
Ella hace sus cábalas.
Sabe que tiene que ir a por el 10 y tiene la suerte de que le gusta estudiar, aprender, descubrir… incluso lo intenta y consigue con aquellas asignaturas que no son tanto de su agrado.
Me maravilla.
Me pregunto una y otra vez de quien habrá aprendido cómo organizar su tiempo de esa forma tan eficiente y cómo demonios es capaz de renunciar a partes que considera prescindibles, como si continuamente aplicara un teorema de probabilidades y hubiera puesto un punto de corte en el que dejar fuera cualquier cosa en la que la balanza esfuerzo/resultado no le rente.
“Es igual que tú”, me dicen.
Es mejor. O distinta. Pero igual no.
“Daniela ha vuelto”, le dijo alguien vía WhatsApp cuando vieron el carrerón que había conseguido hacer. “Daniela nunca se fue”, me dijo ella en el coche de vuelta a casa, partida de risa, sabiendo que ese illeísmo habría sonado demasiado narcisista si no fuera por esa carcajada que como efecto secundario ha cerrado esos ojos inmensos.
Yo sé que nunca te fuiste.
Soy testigo de primera fila de su fuerza y de su fe ciega en los pasos que nosotros, sus padres y su entrenador, vamos marcando de forma casi imperceptible, intentando quitar toda la importancia a los resultados para dársela toda al camino, a cuidarse, a sentirse sana, al descanso, a poner cimientos, a despreocuparse de lo que hagan las demás, a priorizar en cada momento lo que es importante, lo que está en el cuadrante número 2.
Todos estamos alineados en la misma onda y ella se deja llevar (tal vez no siempre).
Todos queremos resultados inmediatos, pero los que nosotros buscamos, esos que la rodeamos, y ella también por convicción y simpatía, es que sus pasos le lleven a donde quiere estar en un futuro, en el momento importante, y que sepa que ahora toca construir ese futuro y no hacerlo inalcanzable, disfrutar de los pasos que se van dando, equivocarse de vez en cuando y saber rectificar, frustrarse lo justo, y levantarse para ver “y ahora qué”.
Es un año difícil, pero quedan menos de 6 meses para que el cuerpo se destense, para que una de las decisiones más importantes sea tomada, para terminar bachillerato, hacer la PAU, e ir al concierto de Bad Bunny, intentar escaparnos a una Diamond y ver a Mondo Duplantis, y continuar en esta noria que tanto nos gusta y tan buenos momentos nos da.
Gracias por tanto, y no solo a ti, mi amor, mi primogénita. Gracias por tanto a este deporte que me encanta, que me pone en contacto con personas como María, Julia, Jimena y su madre, la gente de mi club, las niñas que empiezan, los másters, mi familia, los admirados por Martina… porque ayer, a pesar de no ser mi día, sí lo fue.
Porque que mi día sea perfecto no es solo por lo que yo consiga, sino por todo lo que me rodea.
Que siga la fiesta.

