382º fragmento -Alegremente triste (cuando te autoboicoteas)

Estoy saliendo de casa una media hora más tarde de lo que me había propuesto. Menos mal que siempre doy algo más media hora de margen cuando se trata de un viaje a Antequera para ir a competir.

Son las 7.15 de la mañana y Martina salta con pértiga a las 11.40. Quiere estar una hora y media antes allí.

Nos hemos levantado a las 6 am de un domingo, en el que ha dejado de soplar viento por fin, para terminar de preparar las cosas, poner las pértigas de Martina y Nico en la baca del coche, y salir hacia la única pista cubierta que hay en Andalucía y que ya es como nuestra casa.

Hoy la familia se divide de nuevo.

Claudia corre un cross en Huércal Overa. Alex se queda con ella para llevarla. Yo me llevo a las grandes. Corremos Daniela y yo. Salta Martina. Todo en un horario muy apretado, en el que si hay suerte podremos ver unos saltos de Martina antes de irnos a calentar para un 1.500. Última oportunidad de aproximarnos a una marca que nos permita soñar con el Campeonato de España Absoluto compartido en Valencia después de las últimas semanas de entrenamiento que nos han llenado de confianza.

Son 2 horas y. 25 minutos de viaje. Ha soplado un poco de más el viento por Abla, de lado. Con las pértigas arriba se nota más.

Llegamos a las 10, bajamos las pértigas. Entro con Martina y las pértigas mientras Daniela desmonta la baca portátil. Hace frío. Hay nervios.

Hoy va a ser un gran día.

Martina calienta mientras yo termino de arreglarme en el baño, que a las 6 no había ganas. Daniela ya anda por ahí con su amiga Sofía.

Noto que el corazón me late un poco más rápido de lo que debería. Estoy nerviosa por Martina, a la que tengo que grabar para consultar qué tenemos que cambiar de la carrera, del fondo, de la entrada, de un montón de cosas que no me sé o me suenan a chino porque la pértiga creo que fue una de las pocas disciplinas atléticas que jamás hice. Así, que, de momento…, grabo vídeo, se lo mando a Antonio, me contesta, y se lo retransmito a Martina, que inmediatamente corrige lo que hacía mal.

Dos saltos nulos en la altura de inicio, 2.20. El corazón se me sale por la boca. Le pido que se olvide de que está compitiendo, que disfrute, que juegue, sin miedo… Ella lo hace y pasa holgadamente el listón. Consigo ver hasta el salto sobre 2.50 m, marca personal para ella, y con pena me voy a calentar, porque sé que hoy aun puede saltar más.

Me peino. Pierdo el móvil. Lo encuentro. Salgo a calentar.

¡Martina salta 2.60 m!. Lo sé porque me acaba de mandar un vídeo el padre de Nico, que está haciendo ahora de intermediario entre Martina y Antonio. Subidón. Y un poco de desconcentración. Daniela a lo suyo. A por todas. Viene convencida.

María, ella, y yo, hemos quedado en tirar un 400 cada una. Yo el primero. Daniela el tercero.

Antes de salir a correr se pasa como un fotograma en mi mente: “No vas a poder”. Es una alerta inesperada, como augurando el sufrimiento que comenzará al paso del 900. Ese pensamiento se queda como un eco del que soy incapaz de deshacerme. Como la que se encomienda a Dios, yo me encomiendo a mis hijas, a ser ejemplo, a hacerlo por ellas y por todo el esfuerzo de estos meses atrás, que aunque sarna con gusto no pica, siempre quieres obtener la recompensa.

Tiro el primer 400. 1:12. Bien. Tira María. 2:24. Bien. Tira Daniela. Ya vamos por el 800. “No vas a poder”. Llevo este ritmo grabado a fuego en las piernas, con entrenamientos que contradicen ese pensamiento intrusivo. Y aun así´, después de todo, mi mente ha decidido desconectar sin ni siquiera intentarlo. Me dejo llevar poco antes de pasar el 1.000 y comienzo a animar a Daniela que sigue manteniendo el ritmo.

4:33.98 corriendo los últimos 700 metros en solitario. Me quito los clavos y salgo corriendo hacia la línea de meta. Ella está feliz. Otra mejora marca personal, como su hermana apenas 40 minutos antes.

Yo estoy feliz, feliz de verlas celebrando su triunfo.

Yo estoy triste, triste por haber desaprovechado esta oportunidad de demostrarme de lo que soy capaz. Triste por haber desperdiciado todos estos meses atrás de entrenamiento. Tan decepcionada… que decido correr un tupido velo y ser la madre orgullosa de las dos que hoy si que aprovecharon su oportunidad.

Hoy, un día después, el eco del “No vas a poder” sigue ahí, enfadándome.

La vuelta ha sido maravillosa. Hemos hablado de tantas cosas… es tan emocionante verlas crecer.

Tabla rasa. Comienza otra semana.